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Hoy cumple 90 años Encarnación Tagüeña


Conocí a Encarnita Tagüeña Lacorte a finales del mes de febrero del año pasado. Estuve en México DF atendiendo a la facilidad que la familia Tagüeña me había dado para mantener reuniones con ellos y acceder a los archivos personales de Manuel Tagüeña y Carmen Parga que guardan en su casa mexicana.

Encarnita tenía entonces la friolera de 88 años y fue sorprendente ver como se abalanzaba sobre nuestras maletas para ayudarnos a subirlas a casa desde el garaje. Todo ello mientras una sonrisa más que alegre nos daba la bienvenida a su casa. Un vigor y un júbilo que uno no encuentra habitualmente en personas de esa edad. Máxime cuando se ha tenido una larga vida poblada de sufrimiento. Aunque también lo haya estado de amor, amistad y trabajo gratificante.

Encarnita Tagüeña tuvo en la vida la suerte y la desgracia de ser la hermana pequeña de Manuel Tagüeña Lacorte, el que fuera teniente coronel jefe del XV Cuerpo de Ejército de la República y militante comunista relevante durante nuestra guerra civil. Digo que tuvo la suerte porque la convivencia y el afecto de ambos hermanos siempre estuvo por encima de las coyunturalidades de la vida, además de porque Manuel en cuanto pudo, dentro de su ajetreada vida, se ocupó del bienestar de su hermana. Pero digo también la desgracia porque llevar el apellido Tagüeña en la España de Franco no era precisamente una fortuna.

La vida de Encarnita y de su madre, Doña Encarnación Lacorte, estaba fuertemente vinculada a la enseñanza. En sus antecedentes familiares los docentes abundaban, tanto por la rama de los Tagüeña como por la de los Lacorte. Durante la guerra civil, la madre de los Tagüeña trabajaba en una guardería infantil de la FUE en San Juan (Alicante) y Encarnación, casada ya con un militar republicano, siempre estuvo cerca de ella. Allí permanecieron cuando las tropas de Franco llegaron a la ciudad, ya que lo último que querían hacer era abandonar a su suerte a aquellos niños. El apellido Tagüeña ya le valió ahí a Encarnita una corta estancia en la cárcel de Ventas, donde compartió la pérdida de libertad con las trece rosas y otras muchas presas del régimen de Franco.

Y esa no fue la única ocasión. El periodo más importante vendría en 1947 cuando la policía sorprendio al maqui Julio Nava refugiado en el domicilio de Madrid de madre e hija. Doña Encarnación se había ofrecido a guarecerlo pensando en que quizá alguien en otra parte del mundo estuviera también ayudando a su hijo. Julio Nava resulto muerto por la policía mientras que ambas Encarnaciones daban con sus huesos de nuevo en la cárcel.

La salida supuso para Encarnita una grave enfermedad de la que tardó tiempo en recuperarse, agravada por la escasez de medios en que se movían. Doña Encarnación terminó por ser repuesta en sus funciones docentes y desde entonces madre e hija (y nieta, ya que en ese momento Encarnita era ya madre de una niña) se establecieron de nuevo en Alicante.

Finalmente Manuel Tagüeña, tras un largo periplo por varios países tras el telón de acero, consiguió establecerse en el exilio mexicano. En 1960 pudo volver por unos días a España para ver a su madre moribunda. Poco después conseguía que su hermana se trasladara con él y su familia a México. Y allí llegó Encarnita, que a pesar del sufrimiento, la cárcel, la enfermedad y los desafueros de la vida, conservaba la fuerza y el vigor necesarios para comenzar nuevamente. Y allí lo hizo, volcándose en la enseñanza para ser así una más que digna sucesora de su madre. Formó a generaciones enteras de niños en México durante sus muchos años de ejercicio profesional allí y, aún con más de ochenta años, participaba activamente en la enseñanza y ayuda a los niños de la calle de México DF.

Encarnita es para todos los que la conocemos una persona entrañable. Me acerqué a los Tagüeña por motivos profesionales, ya que estoy trabajando en mi proyecto de tesis doctoral sobre Manuel. También había motivos emocionales, ya que mi padre fue soldado a las órdenes del que fuera uno de los protagonistas fundamentales de la gesta del Ebro. Pero ese acercamiento ha trascendido ya lo profesional y hoy, para mí, Encarnación Tagüeña es ya algo más que eso, para mí, igual que para tantos otros es tía Encarnita, un modelo de vida a respetar y a enaltecer, sobre todo hoy que es su 90 cumpleaños que estará en unas horas celebrando en México rodeada de sus muchos familiares y amigos.

¡Felicidades tía Encarnita!

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Negrín, padrino del bautizo de la hija de Rojo

Algunos quizá no sepan que el 29 de septiembre de 1938, en la localidad francesa de Vernet-les-Bains, el doctor Negrín ejerció de padrino en el bautizo de María Dolores, la última hija del General Rojo. Esto acto íntimo y cristiano unía al Presidente de la República y al Jefe del Estado Mayor Central, en un momento en que las tropas republicanas se batían a muerte, en la Terra Alta del Ebro, con el ejército del general Franco.

Resulta curiosa esa escena cristiana entre quienes la propaganda de Franco tachaba de bolcheviques, masones y comecuras. Bien es cierto que Negrín no era católico practicante, pero en cambio sí lo era el general Rojo y su familia. Entre quienes lideraban el ejército republicano, en ese momento se encontraba Rojo como Jefe del Estado Mayor Central, Miaja y Hernández Saravia como Jefes de cada uno de los dos Grupos de Ejércitos en que se dividía el Ejército Popular (GERC y GERO, respectivamente) y Casado, Menéndez, Prada, Moriones, Perea y Modesto como Jefes de Ejército. Verán ustedes que la profusión de bolcheviques era enorme (enormemente insignificante, quiero decir). En toda la lista encontramos sólo uno: Modesto. Los demás eran todos militares profesionales que siguieron con la República tras el golpe y que en ese momento de la guerra estaban dirigiendo los máximos designios del Ejército Popular. Ese parece ser el Ejército que estaba siendo copado por los comunistas para hacerse con el poder en España tras acabar con el régimen republicano. Esta justificación manejada por Franco hasta la saciedad para justificar el alzamiento, en esa fase de la guerra estaba siendo también manejada por una buena parte de las organizaciones no comunistas de entre las que formaban el Frente Popular y sirvió posteriormente de base al golpe de Casado.

Bien es cierto que el Ejército del Ebro, con Modesto a su frente, era netamente comunista, pero era un Ejército entre seis y bajo la égida de un Jefe de Grupo de Ejércitos de tendencia absolutamente republicana, como lo era Hernández Saravia y de un Jefe del Estado Mayor Central de casi misa diaria, como era Rojo. ¿Dónde estaba pues la tan cacareada amenaza comunista? Desde luego que existió, pero nunca tuvo la relevancia que ciertas personas y organizaciones interesadas le imputaron.

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Unos días de julio, 73 años atrás

El 12 julio de 1936 comienzan a realizarse en Llano Amarillo (1), en el Marruecos español, unas maniobras militares autorizadas por el Gobierno y que sirvieron a los oficiales del Ejército de África para ultimar sus labores de coordinación. Yagüe, que actúa ante las unidades africanas como enlace de Mola, transmite el día 16, al finalizar las maniobras, la consigna definitiva del Director, “el 17 a las 17″. Lo que no preveían los conjurados es que uno de aquellos oficiales iba a comentar el asunto a un diputado de Unión Republicana que a su vez lo transmitió al general Romerales Quintero, gobernador militar de Melilla. Enterado el general, envía un grupo de guardias de Asalto para forzar a los oficiales a que depongan su actitud, pero éstos consiguen el apoyo de una unidad de la Legión que logra que los de Asalto se les unan. Lo cierto es que en las primeras horas de la tarde la guarnición de Melilla está ya sublevada, hecho del que Romerales da cuenta a Casares Quiroga poco antes de ser detenido y pasado por las armas. La operación, que ha debido adelantarse unas horas debido a la actuación de Romerales comienza a sincronizarse con las de Yagüe en Ceuta y Sáenz de Buruaga en Tetuán. Al anochecer del 17 todo el protectorado está en manos de los sublevados. Mientras todo esto sucede, Franco, ha tomado ya su decisión y en esa misma noche se traslada de su Cuartel General de Tenerife a Gran Canaria, donde le espera el Dragón Rapide (2), un avión fletado con medios del Luca de Tena y que Luis Bolín había alquilado en Londres para que pudiera llevar a Franco desde Canarias hasta África para hacerse cargo de la rebelión en el Protectorado.

La noticia llega a un Madrid tenso y alerta desde los sucesos de Castillo y Calvo Sotelo. La secuencia de los hechos que se producen es bien conocida, Casares intenta por todos los medios a su alcance frenar la sublevación poniéndose en contacto con todas la Capitanías Generales. De buena parte de ellas recibe información confusa, siendo la mejor prueba de ello la que el sublevado coronel Solans le da al llamar a la guarnición de Melilla, “aquí no pasa nada”. La UGT y la CNT, así como los partidos de izquierda y sus organizaciones juveniles, percibiendo la gravedad de la situación comienzan a pedir con insistencia que se les entreguen armas para defender a la República. Casares se niega y ante la crudeza de los hechos, dimite ante su amigo Azaña. En la noche del 18 de julio, el Presidente encarga a Diego Martínez Barrio la formación de un nuevo gobierno (3), pero el jefe de la Unión Republicana se ve desbordado tanto por la derecha como por la izquierda y viendo lo inútil de su labor devuelve el encargo sin realizarlo a don Manuel Azaña. Durante las escasas veinticuatro horas en que lo intenta, Martínez Barrio habrá tenido que contactar con los dirigentes de los diferentes partidos y con el propio Mola. Tanto el brigadier sublevado como Largo Caballero por los socialistas negarán cualquier posibilidad de mediación. Las espadas están en alto y la vorágine de muerte que vendrá después se percibe ya como inevitable. Una vez más, entre las propias filas de los socialistas, se acusará a la intransigencia de Largo Caballero como causa del fracaso del líder republicano andaluz, así, Vidarte dirá que “el gobierno de Martínez Barrio murió a manos de los socialistas de Largo Caballero, de los comunistas y de algunos republicanos irresponsables” (4). Estando así las cosas, sobre las once de la noche del día 19 de julio, Azaña pasa el testigo a su también amigo y correligionario, José Giral, que definitivamente dará por iniciada la sublevación militar y entregará las armas al pueblo. Así, pues, a partir de la noche del día 19, la legalidad republicana está ya rasgada tanto por un golpe militar como por un proceso revolucionario. El enfrentamiento a muerte de esas dos Españas se produce como colofón a todo el proceso de magnificación de la violencia en el que las organizaciones políticas han ido entrando en los últimos años, catarsis cruenta en la que van a sucumbir centenares de miles de compatriotas en ese último acto de la tragedia histórica que la sociedad española estaba viviendo desde tantos años atrás.

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(1) Manuel Aznar. Historia militar de la guerra española, Madrid, Editora Nacional, 1969, tomo I, p. 89.

(2) Luis Bolín. España. Los años vitales, Madrid, Espasa-Calpe, 1967.

(3) Santos Juliá. El Frente Popular y la política de la República en guerra en Santos Juliá (coord..). República y guerra en España (1931-1939), Madrid, Espasa, 2006, p. 154.

(4) Juan-Simeón Vidarte en Todos fuimos culpables, México, Tezontle, 1973, pp. 272-273

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El azar y la obra de Leonor Estevez

Para introducir a la figura de Leonor Estévez tengo que relatar una pequeña historia de tintes auténticamente cercanos a la novela de misterio. Poseo un ejemplar del Testimonio de dos Guerras de Manuel Tagüeña. Dicho ejemplar lo adquirí hace años en la Cuesta de Moyano y es un viejo, pero cuidado, ejemplar de la segunda edición mexicana de Oasis del año 1974. El libro se encuentra profusamente subrayado y con múltiples anotaciones que su antiguo propietario había realizado sobre el mismo. En la primera página una dedicatoria reza:

Para Leo, con mucho cariño, en recuerdo de años lejanos y fraternales

Carmen P.
México, 1982

Hasta ahí, nada extraño. Pensé que Carmen P. debía ser Carmen Parga, la esposa de Tagüeña (1), que en 1982, había regalado el ejemplar a algún amigo o amiga, de nombre Leo. Fue emocionante, sin duda, comprobar que el ejemplar que tenía en las manos no era un ejemplar más, sino que había sido propiedad de la familia del autor y que el texto de la dedicatoria, estaba manuscrito por la esposa del mismo. Pero pasó el tiempo, compré muchos más libros viejos sobre la guerra civil, sobre todo, del tipo memorias o testimonio autobiográfico. Un día, en la misma caseta donde originariamente adquirí la edición del Testimonio de dos guerras, encontré la obra de una autora cuyo nombre era Leonor Estévez y cuyo título es La vida es lucha (2). Se trataba de las reflexiones de una anciana militante comunista, de no demasiada altura intelectual, pero sí de una honda textura vivencial, como tantas otras escritas por protagonistas de la época. Al llegar a la página 69 de su obra, narrando los prolegómenos de la revolución del 34, la autora dice:

… algunos camaradas del radio Sur y yo, junto con jóvenes y obreros socialistas, estuvimos durante varias horas agazapados en un campo más allá de la glorieta de Legazpi, en un lugar llamado La China, esperando las armas que nunca llegaron. Después de medianoche se presentó un enlace y nos dijo que fuéramos en parejas al Puente de Toledo. Fuimos y allí había otros grupos esperando, pero tampoco llegaron las armas (3).

  

 Algo me sonaba de esa narración y una chispa comenzó a surgir en mi cerebro. Me fui al libro de Tagüeña y comencé a revisar las anotaciones manuscritas que su antiguo propietario había realizado y, efectivamente, allí estaba. En la página 68 había un texto subrayado y un comentario escrito: yo, en Legazpi, toda la noche. No aparecen las armas. ¡No podía ser posible! Estaba leyendo un libro escrito por la Leo que había sido propietaria del ejemplar de la obra de Tagüeña que yo manejaba y a la que Carmen Parga dedicó la obra en su día. Revisé con detalle los subrayados y el texto de Leonor y el asunto quedó transparente, Leonor Estévez había estado usando el Testimonio como guía para organizar sus recuerdos de la época y escribir su propia obra. Más adelante, existe otra evidencia que avala esta conclusión:

En otra ocasión hice una visita para llevar algunas cosas al VI Cuerpo que mandaba Manuel Tagüeña (sic) y su comisario Fusimaña. Yo los conocía a ellos y a sus esposas, sobre todo a Carmen. La conocí en la Juventud Comunista de Madrid, allá por 1933 (4).

Igualmente, más adelante la autora habla de un viaje a México en 1982 y aunque no menciona explícitamente a Carmen Parga, sí que confiesa que se vio con múltiples antiguos camaradas ahora en el exilio mexicano.

¡Impresionante! Claramente, podía deducir que la biblioteca de Leonor Estévez había sido vendida en Moyano y alguna de sus huellas había caído en mis manos.

En fin, salvados estos prolegómenos hay que decir que la obra de Leonor Estévez es un testimonio absolutamente personal escrito por alguien que militó desde su juventud en el Partido Comunista de España. La obra fue escrita en 1992, después de que Leonor hiciera el periplo de tantos otros republicanos, guerra, exilio, muerte de familiares queridos, sufrimiento y privaciones para al final de la vida retornar a una España que a pesar de haber vuelto al circuito democrático no hace mucho por integrar a estos que considera hijos bastardos suyos.

Leonor trabajó durante toda la contienda por los ideales comunistas. Contrajo matrimonio con Ramón Guerreiro, que al finalizar la guerra se convertiría en guerrillero y sería muerto por la guardia civil en 1948. A pesar de no ser una dirigente de importancia, fue evacuada a la URSS en el mismo barco en que iba la plana mayor del PCE (aunque los datos de fechas y nombre del barco que proporciona no parecen coincidir con el Smolny el barco en que se llevó a cabo la evacuación de dicha plana mayor desde el puerto de Le Havre). Vivió en la URSS hasta 1971, año en que volvió a España, donde continuó su lucha desde del PCE.

Aunque el libro no es muy riguroso en cuanto a datos, sí que supone un testimonio magnífico de lo que pensaron las mujeres de aquella convulsa época. Su visión de la España de los años treinta desde la perspectiva de una persona cuya nivel cultural no es demasiado elevado no deja de resultarnos por ello interesante. No es menos impactante su visión de la Rusia estalinista, así como la apreciación posterior que sobre el país y la época se realizan una vez que se han conocido los crímenes y la represión llevada a cabo por Stalin.


(1) Más tarde tuve la ocasión de contrastar este dato. Cuando accedí al fondo documental de Manuel Tagüeña depositado y magníficamente cuidado en la Fundación Pablo Iglesias, contrasté la firma del libro con otras manuscritas de Carmen que había entre sus papeles y, efectivamente, resultó ser idéntica lo que me corroboró que el ejemplar que manejaba fue dedicado por la esposa de Tagüeña a la lectora que lo había manejado.

(2) Leonor Estévez. La vida es lucha. A-Z Ediciones y Publicaciones, Madrid, 1993.

(3) Ibídem, p. 69.

(4) Ibídem, p. 211

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Sobre “Todos fuimos culplables” de Juan Simeón Vidarte

Todos fuimos culpables, el libro de Juan-Simeón Vidarte, es uno de los testimonios más amplios e interesantes que se han escrito sobre la guerra civil española. Vidarte fue durante los años de la República y de la guerra miembro de la ejecutiva socialista. Su posición mediadora le hizo ser respetado tanto por los caballeristas como por los prietistas, aunque él se encontraba más cercano a Prieto que a cualquier otro. La obra es una de la que más información pormenorizada nos proporciona sobre los sucesos de la época. Ello es debido a la importante posición que Vidarte ocupa y que le hace, por tanto, tener acceso a una información absolutamente privilegiada sobre los sucesos que ocurren.

Además de miembro de la ejecutiva socialista, Vidarte ocupa los cargos de Fiscal del Tribunal de Cuentas primero y más tarde, Subsecretario de Gobernación en la época en que Zugazagoitia ostenta dicha cartera ministerial. El fin de la guerra le llega siendo ministro general de España en Tánger. Tras de la guerra se exilió en México.  

Su obra presenta numerosos aspectos que la hacen original e interesante. Entre ellas podemos destacar:

  • Las referencias a la masonería. Vidarte es masón y en su obra aparecen continuas referencias a otros personajes que también lo son, así como a ciertas actitudes generales de la orden durante la guerra de España. 
  • En tanto que Vidarte es miembro de la ejecutiva socialista durante todo el periodo sobre el que escribe, posee un punto de vista privilegiado para analizar los conflictos internos en que el Partido Socialista se ve envuelto durante la época. Desde su posición es testigo excepcional de las discrepancias entre Prieto y Caballero así como posteriormente entre Prieto y Negrín. De Vidarte podemos decir que es Prietista sin menoscabar la importancia del caballerismo y, posteriormente, negrinista sin que su discurso sea en ningún momento hiriente para Prieto.
  • Como hombre de confianza de Negrín se vio envuelto en numerosas misiones encargadas por el presidente y ello le lleva igualmente a  darnos una información crucial sobre los móviles que impulsaron la acción de gobierno de aquel. Vidarte tiene también acceso al Presidente de la República y, por tanto, también su pluma se detiene en los conflictos habidos entre éste y Negrín.
  • Su relación con Zugazagoitia no fue demasiado buena y, por tanto, es de interés contrastar sus opiniones sobre el ministro de gobernación  de Negrín y director de El Socialista, con las vertidas por éste mismo en su Guerra y vicisitudes de los españoles.
  • Las relaciones del PSOE del momento con el PCE y el auge del comunismo ocupan igualmente un lugar prominente en la obra. La dialéctica de acercamiento-alejamiento que se da entre ambos partidos es sujeta a análisis y mostrada a la luz de los problemas internos del PSOE así como de las imprescindibles relaciones con la URSS, el único proveedor relevante de armas y material de guerra con el que contaba la República.
  • Como miembro de la ejecutiva socialista es responsable de las relaciones con el resto de los partidos del Frente Popular y ello le lleva a tener un conocimiento profundo de la actuación del gobierno en los momentos previos al levantamiento y en los inmediatamente posteriores. Desde esta perspectiva su obra se convierte en un ingente análisis de la actuación de Casares Quiroga, a quien Vidarte considera uno de los grandes culpables de que la República no se hubiera enfrentado de forma debida a la sublevación militar.
  • Vidarte es sobrino del general Castelló que fue ministro de la guerra del gabinete Giral y a quien le cupo la pesada tarea de enfrentarse a los primeros días de la sublevación. Vidarte acompaña a Castelló en muchas de sus actividades y es un gran conocedor de cada uno de los pasos que va dando el general en esas fechas para hacerse con el control de la situación. Así, su libro desmenuza acciones como la toma del cuartel de la montaña o la derrota de los sublevados en Barcelona.

Vidarte es, ante todo, un socialista convencido, pero esto no le lleva a realizar un análisis demasiado partidista. Realmente su obra denota a los socialistas como otros de los grandes culpables de la sublevación, ya que no supieron sobreponer sus discrepancias internas al hecho de sacar adelante el proyecto republicano. Él piensa en todo momento, y así lo manifiesta, que Prieto debía haber sido el presidente del primer gobierno Azaña tras la victoria del Frente Popular, y que las tensiones con el ala caballerista impidieron que esto pudiera llevarse a cabo, dando al traste así con las posibilidades de que un gobierno socialista moderado pudiera haber llevado a cabo las reformas necesarias que hubieran evitado la guerra civil. 

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70 años desde el fin de la Guerra Civil

Hoy hace setenta años que España conoció las terribles palabras de aquel parte manuscrito por Franco donde se consignaba la consecución de los últimos objetivos del ejército nacional y de la derrota absoluta de los republicanos. Dichas palabras ponían fin a muchas cosas y daban comienzo a la sangrienta represión que siguió al final de la guerra y a los cuarenta años de dictadura que dejaron a nuestro país fuera del concierto internacional de las naciones, alejado de los planes de recuperación de Europa tras la segunda guerra mundial y considerado por el mundo civilizado como un reducto anacrónico, y útil en algunos casos cuando se trataba de frenar la ascensión soviética en el mundo.
 
Pero quería hablar aquí más de las cosas a las que ponía fin que de las cosas que nos traía. Y ponía fin a una generación que había volcado su idealismo creador en hacer de nuestro país una sociedad mejor. Ponía fin al primer gran intento democrático que se dió en la sociedad española. Ponía fin al dinamismo sin límite que habían desarrollado (en cualquier bando político) un conjunto de personas que creían con firmeza que la sociedad podía transformarse. Porque aquella generación, muy contrariamente a lo que le sucede a gran parte de las actuales, pensaba que las cosas podían cambiarse. Tenía esta faceta a su favor y en contra el hecho de que pensaban aquellas personas que el cambio solo podía catalizarse a través de la violencia. Así, en extremos opuestos podemos reseñar las palabras de un militante de izquierda, Manuel Tagüeña que en su Testimonio de dos guerras dirá “creí justo recurrir a la violencia para transformar el mundo” y las de otro en la derecha, Ramiro Ledesma que en la revistas JONS escribiría “La violencia política se nutre de las reacciones más sinceras y puras de las masas”. Ambas visiones del mundo chocaron frontalmente y propicieron el holocausto de una generación. A dicho encono asistían solo unos pocos demócratas (los menos en la España de aquel momento) que se vieron pulverizados en su intento de posicionar a nuestro país en un lugar diferente al del atraso y privaciones en que se encontraba.
 
Lo admirable de aquella generación de pesonas que querían cambiar la realidad era su absoluta entrega a las causas en las que creían. Contrariamente a lo que le sucede a una buena parte de nosotros, individualistas, escépticos y ambiciosos, ellos creían en la colectividad, tenían fe y eran solidarios. Sirva de ejemplo respecto a cómo nos diferenciamos de ellos, un hecho que suelo mencionar como definitorio de esta situción. Cuando se forma el Frente Popular para participar en las elecciones de 1936, Manuel Azaña, el político más inteligente y activo de su tiempo, dio un mitin en Madrid, en la campa de Comillas, asistieron quinientas mil personas que vinieron de toda España, pagando además su entrada, porque en aquella época se pagaba por oir a los líderes políticos. Hoy, en lugar de escuchar las palabras de personas como don Manuel, vemos el “Tomate” en la tele. 
 
Franco acabó con muchas cosas en España el día de esa efeméride que hoy no celebramos sino que pretendemos olvidar, pero quizá la más importante de ellas, fue con el criterio y el empuje de toda una generación de españoles. Ojalá todavía quede alguno de nosotros con las ganas y la inteligencia necesarios para continuar con nuestra labor creativa como pueblo.
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Innovaciones organizativas del Ejército Popular de la República

Estamos acostumbrados a tratar el periodo de nuestra última guerra civil como un conjunto épico de acciones, trato éste más transido por nuestro personal ideario político que por el análisis riguroso sobre los hechos acaecidos en la época y por las personas y organizaciones que los protagonizaron.

El Ejército Popular Regular no se encuentra exento de este peculiar modo de análisis. Sobre él se han dicho muchas cosas positivas y negativas. Desde su denotación como Ejército Rojo por la mayoría de los autores franquistas de época cercana a la contienda, hasta la hagiografía del mismo realizada, sobre todo, por los comunistas de aquel momento. Pero fuera de este prejuiciado sistema de análisis, hoy debe imponerse un estudio menos emotivo, y más técnico, acerca de las realidades de aquella maquinaria bélica que supo resistir durante tres largos años los empellones del ejército de Franco, una organización mucho más estructurada, poderosa, disciplinada y eficaz. Acerca de cómo pudo esto lograrse hablaremos a continuación.

El Ejército Popular Regular se crea a través de los decretos organizativos que Largo Caballero emite en el otoño de 1936. En ese periodo las columnas milicianas que protagonizaron la primera defensa frente a los militares golpistas habían demostrado ya con creces sus deficiencias de cara a enfrentarse con las unidades del ejército colonial que desde África venían combatiendo por Andalucía, Extremadura y Toledo. La falta de disciplina y técnica militar raramente compensaban el grado de valor que los milicianos ponían en el combate. El resultado era claro, en campo abierto nadie resistía y sólo en las arriscadas peñas de Somosierra y Guadarrama, los voluntarios republicanos lograron detener a las columnas de Mola que, contariamente, al ejército colonial de Franco, tenían también una nutrida composición de voluntarios falangistas y requetés. Hasta ese momento, la antigua oficialidad media del Ejército Español estaba mayoritariamente con los alzados, máxime cuando en el lado gubernamental, sus servicios habían sido rechazados, cuando no despreciados, por los valerosos milicianos que aprovechaban la más mínima duda de lealtad para fusilar a sus oficiales.

La cuestión es que a esas alturas del año 36, con Madrid amenazado claramente por legionarios y regulares y con el gobierno dudando sobre las posibilidades de su defensa, es donde tiene su origen el Ejército Popular Regular. Sobre todo los comunistas venían insistiendo casi desde los primeros días de la contienda en la importancia de la organización y la disciplina. Su Quinto Regimiento se constituye así tanto en el origen táctico como en el ideológico de la nueva milicia. A la idea de un ejército fuerte, organizado y disciplinado se une sin resquicios también el Partido Socialista y sólo los anarquistas parecen no comulgar con la misma; para ellos la revolución estaba antes que la guerra y en un ejército republicano fuerte veían más peligro que ventajas para la consecución de sus objetivos revolucionarios.

Sea como fuere el asunto se lleva a cabo y ya el 18 de octubre de 1936 se crean las seis primeras Brigadas Mixtas. Desde esa fecha hasta los primeros días de 1937 estará organizándose esa nueva maquinaria que heredará una fuerte impronta del ejército miliciano anterior, pero que en pocos meses será también un fiel reflejo de la estructuración del antiguo ejército español. Desde ese momento mal se puede hablar de un ejército profesional enfrentándose a una patulea de desharrapados. Aunque es cierto que el orden disciplinario del ejército nacional nunca fue alcanzado por el republicano, no lo es menos que en las grandes batallas de 1937 (Jarama, Guadalajara, Brunete, Teruel), lo que se enfrentaba a las tropas de Franco tenía cada vez mejor orden táctico aunque en la ejecución de los combates hubiese notables diferencias entre unas y otras filas. Y para dejar constancia de esas diferencias, lo mejor es ir poniendo ya en el tablero lo que considero que es el hecho diferencial más importante entre ambas organizaciones. Se trata de los principios organizativos con los que se regían cada una de las dos instituciones. El ejército franquista obedecía a los criterios de estructuración típicos de cualquier organización industrial de los siglos XIX y XX, no en balde dichos criterios organizativos ha sido denotados por los expertos como de origen militar. Se trata de poner la organización jerárquica y la disciplina como fuentes de la acción. Eficiencia basada en la jerarquía, mandos intermedios bien formados que se ocupan de dirigir la acción de hombres que no necesitan pensar mucho, conocer los procedimientos que realizan o identificarse con ellos. El eficaz sargento del ejército nacional era la base de la buena marcha de las operaciones. En cambio, el ejército republicano se basaba más en los criterios motivacionales que se han empleado en las grandes corporaciones de servicios que enfilando desde el siglo XX traspasaron las fronteras del XXI. Los criterios aquí son diferentes. Antes que la jerarquía y la disciplina aparece el principio de la identificación con el objetivo a perseguir, con el primado de la motivación del empleado-combatiente que conoce por qué trabaja-lucha y se esfuerza por llegar a las metas comunes. Cuando comparamos al ejécito nacional con el republicano estamos, en cierta medida, comparando a la General Motors con Microsoft (y que nadie se ofenda por las connotaciones políticas que esto pueda tener, ya que no estoy aportando ningún criterio de valor positivo o negativo en mis afirmaciones).

Que a aquellas alturas del mundo fuese mejor una forma u otra de organización, difícilmente puede aseverarse. Mi único punto de vista puede tener que ver con el resultado final de los hechos, y éste da la razón de largo al ejército nacional, ya que es el que se impuso en la contienda. Sin embargo, no podemos dejar de reseñar aquí la titánica tarea que supuso la organización del EPR en pocos meses y con mandos sin criterio técnico alguno. Ese ejército necesitaba convencer día a día a sus soldados de la importancia de combatir. El soldado convencido de por qué luchaba, consciente de la causa que defendía, puso en jaque en varias ocasiones a los, super tecnificados en la lucha, oficiales y suboficiales franquistas. No hemos de dejar de considerar que la diferente extracción social de cada combatiente se hallaba también, claramente, en la base de esta distinción. El soldado nacional o era profesional, es decir regular o legionario del Ejército de África, o era un campesino de las tierras de Galicia, Castilla o Navarra, las que primero cayeron en manos de los rebeldes. El oficial franquista era, normalmente, un miembro de la aristocracia terrateniente acostumbrado a manejar a sus campesinos en el trabajo y, por tanto, también en la lucha. En cambio el soldado republicano solía ser o bien el obrero industrial sindicado y fuertemente politizado o el empleado de servicios de las grandes ciudades con idéntica visión de su posición en el mundo; ambos tipos poco acostumbrados a obedecer órdenes y a seguir a los demás por criterios no consensuados. Los oficiales lo tenían difícil con esta clase de hombres.

A la base de esta orientación organizacional encontramos la figura de los comisarios políticos. El Comisariado es una institución cuya modernidad es absoluta para la época. Los comisarios eran la clave de la motivación del soldado. Ellos eran quienes trabajaban por concienciar a los combatientes y hacerlos conocedores de los principios por los que luchaban. Ellos eran quienes fomentaban su motivación y trabajan para que los soldados fueran a la lucha día a día. Digamos que mientras que al soldado nacional solo había que ordenarle combatir, al republicando había que convencerlo de ello.

Esta diferente vía organizativa del EPR quizá no fuera del todo diseñada o pergeñada por su líderes sino que más bien fue impuesta por una serie de circunstancias difíciles de soslayar. Entre ellas cabría que destacáramos el origen miliciano de las tropas; los combatientes se echaron a la calle a combatir la rebelión militar sin que nadie se lo ordenara, se hicieron con las armas del gobierno así como las que pudieron obtener en los cuarteles que se rindieron ante ellos. Este origen revolucionario del EPR impedía que la disciplina fuera asumida más que como un principio aceptado. Por otro lado, hay que tener en cuenta también que el agitprop comunista había estado en la base de la organización del Quinto Regimiento y éste, como ya hemos reseñado, se encontraba en el origen del EPR; con esto queremos decir que la propaganda se constituía en un elemento clave para alinear los puntos de vista de los combatientes y eso era un principio que estaba siendo fuertemente puesto en práctica por todos los partidos miembros de la tercera internacional. Si queremos tener una visión más clara de la fuerza de la propaganda en el ejército republicano sólo tenemos que revisar los cientos de boletines que se editaron por parte de cada una de sus unidades y organismos: compañías, batallones, brigadas, divisiones, cuerpos de ejército, ejércitos, servicios, armas, etc. Cada uno de estos boletines se distribuía entre los soldados y en ellos se trataba en todo momento de presentar de forma propagandística la figura del héroe. Se trata en ellos de hacer aquello que Rilke y Zweig fueron encargados de hacer en el ejército austriaco, peinar a los héroes, es decir, vestir de forma adornada las acciones heroicas para que, convenientemente difundidas, sirvieran de acicate motivacional a los soldados. La propaganda en la prensa de guerra es algo que no sólo tiene una vertiente hacia la opinión pública sino que también presenta otra crucial de cara a los propios combatientes.

En la comparación de esta vertiente con la del ejército nacional está la clave de la distinción de la que venimos hablando. Salvo algunas excepciones vinculadas a Falange, ninguna unidad militar franquista tenía medios de prensa. Al soldado no se le convencía de nada. Los capellanes cubrían una parte de esa labor concientizadora que hemos visto asignada a los comisarios en el ejército republicano, pero su rol iba poco más allá de decir misa y confesar a quienes se lo demandaban. Nada comparada con la ingente labor de alfabetización, difusión cultural y concientización que el comisariado realiza del lado de la República.

A pesar de todo esto, y como ya he mencionado más arriba, los resultados inclinaron la balanza hacia el lado franquista. No podemos saber, no obstante, el peso que en esta inclinación de la contienda tuvo la mejor dotación de material o la mayor profesionalidad de la oficialidad. Un ejército que, además de esos nuevos principios organizativos, hubiera estado pletórico de material y con un buen cuerpo de oficiales y suboficiales profesionales quizá no hubiera sido vencido en la forma que lo fue el Ejército Popular Regular de la República Española.

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Tagüeña, un personaje desengañado y polifacético

 Tagüeña con uniforme soviético en la Academia Frunze de Moscú

Entre los muchos memorialistas que contribuyeron a dar luz sobre el periodo republicano español y la posterior guerra civil, se destaca por su ecuanimidad, templanza y rigor, el que fuera teniente coronel del ejército de la República, Manuel Tagüeña Lacorte. Acostumbrados a testimonios furibundamente partidistas y dogmáticos, el aire fresco del Testimonio de dos guerras, terminado de escribir en México en 1969, nos aporta una  mirada inquisitiva y crítica,  a la vez que moderada y tolerante sobre los puntos de vista de los demás, tanto en su bando como en el contrario. Esa falta de acritud, tan necesaria hoy a la hora de enjuiciar nuestro tristemente violento pasado reciente, es uno de los puntos que dan más interés a la obra de Tagüeña. Pero no es el único. No podemos dejar pasar por alto que su narración realiza un amplio recorrido sobre una época que se extiende bastante más allá del fin de nuestra guerra, hasta abarcar su salida de Checoslovaquia en 1955. Si la época es amplia también lo es el contenido de su disertación. Entre los puntos donde Tagüeña pone su mirada introspectiva se encuentran los usuales del análisis histórico de la sociedad española en el periodo republicano y de los aspectos políticos y militares de la guerra civil; pero, además de éstos, se encuentran también los, desde mi punto de vista más interesantes, relativos a la información interna del partido comunista, sus dirigentes y la inserción del exilio del mismo en la Unión Soviética y en otros satélites de la misma. Además de estos aspectos, que nos ayudarían a catalogarlo como un ensayista importante dentro del mundo de la historia de los movimientos sociales y políticos, no podemos olvidar también que la obra de Tagüeña es rica en el estudio de aspectos filosóficos, psicológicos y, en definitiva, personales, lo que le da una vertiente intimista que trasciende la pura plasmación de hechos sociales.

Tagüeña se convierte así en espejo de una época, alguien a quien mirar cuando queremos acercarnos a hechos como la guerra civil española o la segunda guerra mundial, al mundo que dio lugar a estas hecatombes y a las personas que las provocaron o las sufrieron. Su posición dentro del Partido Comunista de España, le convierte en un testigo excepcional de la vida interna dentro del mismo, así como de los avatares políticos que suceden en el campo socialista, donde se exilia tras la guerra.

Tagüeña adquiere dimensiones diferentes para personajes diferentes. Por ejemplo, para Artemio Precioso, miembro de su Estado Mayor en la 3ª División y compañero en la Unión Soviética y Yugoslavia, Tagüeña era el militar más capacitado del Ejército Popular Republicano. Pedro Mateo Merino, el jefe de la 35ª División que sirvió a sus órdenes en el Ebro dirá que lo más resaltable de su figura durante la guerra era su capacidad para rodearse de compañeros de estudios, lo que le daba una aureola bien diferenciada del resto de los mandos comunistas, mucho más marcados por su condición proletaria. Mateo Merino hará de Tagüeña una perfecta estampa hagiográfica en su obra Por tu libertad y la nuestra editada en los años ochenta, tras su vuelta a España después del exilio soviético. Sin embargo, esas adulaciones públicas deben ser contrapesadas con alguna delación realizada cuando durante la estancia en Checoslovaquia, Tagüeña comenzaba a ser un disidente molesto tras su apoyo al régimen yugoslavo. Luis Romero, el célebre novelista e historiador español, halagará también su rigor y ecuanimidad, indicando que sólo de las opiniones de Tagüeña se fía entre las de todos los jefes comunistas. Michael Alpert, con una mayor frialdad inglesa, usará profusamente, para escribir su libro sobre el Ejército Popular,  la información que Tagüeña le facilita pero no dudará tampoco en volcar acusaciones de fusilamientos extemporáneos y exceso de disciplina entre sus tropas. Para los comunistas ortodoxos, Tagüeña era un bicho raro; difícilmente podían entender que el poder no le interesara y, debido a esta falta de compresión, siempre pensaron que había otros intereses ocultos tras su pátina de indiferencia. Carrión, un compañero de la Frunze dirá en una reunión interna del Partido que hay que saber mucha filosofía para entender a Tagüeña. Para Vicente Uribe, Tagüeña nunca debió dedicarse a la política debido a que acostumbraba a dudar demasiado, cuando para un comunista lo único razonable es seguir fielmente las instrucciones del partido. Para su esposa, Carmen Parga, Tagüeña es un Quijote que siempre actuó basándose en principios y valores y nunca buscando el beneficio práctico para él. Otros líderes comunistas, Líster, por ejemplo, siguiendo la vieja táctica estalinista, lo ignorarán, lo borrarán del libro de los nacidos para así no tener que plantearse si su modo de ver las cosas debería ser tenido en cuenta.

Polifacético, pues. Científico y político, militar y filósofo, físico y médico, batallador y conciliador, crítico y fiel, socialista y humanista. En general, persona interesada en su mundo, poco acostumbrada a pasar de largo ante las injusticias, responsable para con su mundo, su entorno, su patria, su prole. Nunca dio la idea de un revolucionario profesional, al contrario de otros fervorosos militantes comunistas del momento, valoraba más a las personas que a las causas. Disidente, pues. Crítico sin estridencias. Abandonó el comunismo sin hacer ruido, al contrario de cómo otros lo hacían que era rompiendo cacharros a su paso para que se les oyera más. Estudiante incansable de notas excelentes, capaz de alternar el mundo de la revolución en los años treinta, la militancia en la FUE y en las organizaciones juveniles de la izquierda con el hecho de ser premio extraordinario de su promoción en la Facultad de Ciencias de la vieja Universidad en el Madrid republicano. Luego también trabajador incansable; en el ejército, en la universidad, en su rutinarios trabajos del exilio mexicano. Y siempre patriota. Añorando a España y sintiendo como sus anhelos más íntimos tienen que ver con el mejoramiento de su patria. Lamentando la hecatombe de la guerra y tratando de lograr la conciliación de todos cuando entendía que comenzaban a darse las bases para la misma. Desilusionado y desengañado de muchas cosas, de la capacidad transformadora de la violencia, del modelo comunista y del marxismo en general e incluso de los intentos del régimen de Franco para usarlo como rojo arrepentido. Su desengaño le llevó al final de su vida a lo que fueran sus mejores orígenes. En su tumba pidió que sólo constara Manuel Tagüeña Lacorte, Teniente Coronel, Jefe del XV Cuerpo de Ejército de la República Española.

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Sentando fundamentos

La II República española y la consecuente guerra civil suponen uno de los fenómenos históricos en los que más pasión y ríos de tinta se han derrochado. Tal es el caso que hasta el día de hoy, estos hechos acaecidos hace ya más de setenta años, siguen marcando una buena parte de la actividad política y fundamentando acciones y opiniones de los distintos partidos en nuestro país.

A la finalización del franquismo y durante el periodo de la denominada Transición, se fueron alternando diferentes puntos de vista que podían resumirse en:

  • Desde la izquierda, una visión idílica de la República y del proceso revolucionario que se produjo en el territorio leal.
  • Desde la derecha, un cierto acomplejamiento derivado del larguísimo proceso dictatorial ejercido por el general Franco y en el que la derecha tradicional había participado con más o menos claridad en los distintos intersticios del poder.
  • Con carácter general en la sociedad, la libertad obtenida tras la muerte del dictador y la Constitución del 78 trajo consigo una cierta pérdida de importancia de aquella degollina histórica y el olvido, interesado en muchos casos, de incidentes en que gentes muy cercanas se habían visto envueltas cuarenta años atrás.

 

Pero, tras los muchos años del gobierno socialista de Felipe González, la derecha democrática recupero el poder en el país y con ello abandonó la situación de complejo descrita para pasar a considerar que aquel evento fratricida era ya cosa del pasado y que, generacionalmente, no mantenían ningún vínculo con aquella otra derecha que aplaudió el golpe militar del verano del 36. Ello, unido al descrédito de la izquierda durante los últimos gobiernos de González, hizo que se produjera una corriente social de importante auge en nuestro país, que vino a denotarse como el aznarismo, vocablo derivado del nombre de José María Aznar, el presidente del gobierno del PP que ganó las elecciones generales de 1996 y gobernó el país durante ocho años.

En el periodo del aznarismo la derecha recuperó su combatividad histórica apoyada en el acomplejamiento de la izquierda. Las tornas se cambiaron y la visión del periodo republicano y de la revolución del 36 comenzó a tomar una nueva deriva en la sociedad. La derecha incidió en un discurso de fomento del olvido, indicando que la sociedad debía mirar hacia adelante sin volver la cabeza a catástrofes como aquella. Este nuevo modo de ver las cosas, contrapuesto al mito que la izquierda había fomentado en años anteriores, no era tan puro como demandaba y ocultaba muchas veces, si no un reconocimiento, sí al menos una disculpa, al franquismo y una  crítica impetuosa al fenómeno revolucionario. Así surgió el denominado revisionismo histórico de los Pio Moa, César Vidal, etc. sobre el fenómeno de la guerra civil, marcado sobre todo por cargar las culpas de la situación en el Partido Socialista y su liderazgo de la insurrección de octubre del 34 como el auténtico origen de la guerra civil. De esta forma,  el golpe militar vino a ser sólo una respuesta a la insurrección de la izquierda, un discurso que no era del todo nuevo, ya que estuvo bien ejercitado por los historiadores afines al régimen durante el periodo franquista.

Pero todo flujo histórico tiene su correspondiente reflujo. Quizá debido a esa nueva fortaleza del discurso de la derecha, la izquierda reforzó sus posiciones, se fue olvidando de complejos históricos y, con el triunfo de Zapatero en 2004 , volvió a dar la batalla y a recuperar su antigua mitología, aunque desde luego, cada vez más moderada respecto al reconocimiento al periodo revolucionario. Pero, eso sí, dando la batalla teórica el revisionismo de la derecha y sentando nuevas bases conceptuales en que apoyar su visión de un momento histórico tan dramático para nuestro país. La concreción más importante de este nuevo periodo ha sido, quizás, la aprobación de la Ley para la Memoria Histórica, debatido texto que, aun pareciendo no satisfacer a nadie, ha levantado una enorme polvareda y más ríos de tinta sobre nuestro cada vez menos reciente pasado.

***

Es en esta dialéctica entre memoria y olvido en la que me gustaría  fundamentar este blog mío. En él trataré de reflexionar acerca del periodo histórico del tercio central del siglo XX, tanto en nuestro país, como en el contexto internacional. Una época marcada por la crisis económica de finales de los años veinte y el auge de los dos movimientos totalitarios que marcaron el siglo: el fascismo y el comunismo.

Es importante que a uno se le vea el plumero desde el primer momento; que si un lector despistado le da por recalar aquí y prestar algo de atención a estas palabras sepa siempre de qué pie cojea el que las escribe (si me conociera vería que cojeo de todos). Por ello comenzaré por asentar en esta primera entrega a la bitácora algunos de mis principios respecto al fenómeno de la República y la guerra civil en nuestro país. La cosa está tan mal que es preciso hacer esta carta de presentación para que a uno no le confundan y le metan en cajas donde no le corresponde estar, pero a donde seguro que le llevan los prejuicios de los unos y los dogmas de los otros.

Vayamos pues a reseñar lo que considero que son los puntales en que se fundamenta mi reflexión. En sucesivas entregas hablaré de cosas más concretas, pero aquí me dedicaré sólo a desnudar mi alma y a poner sobre el papel (más bien sobre la digicosa esta) los elementos más abstractos de la misma, las conclusiones  a que algunos años de lecturas, investigaciones y reflexiones sobre la República y la guerra civil, me han llevado. Voy una a una:

1.       La II República fue el primer gran intento democrático contemporáneo acaecido en España. El país, que no pasó por las ínfulas de la revolución burguesa, se hallaba sumido en una organización semifeudal donde el caciquismo político alentaba a una sociedad con unas enormes diferencias de clases. La dialéctica entre conservadurismo y progresismo se había planteado desde el siglo XIX sin que las ideas realmente democráticas hubieran conseguido calar en una sociedad estamentaria y que aún no había logrado salir de la tutela de la iglesia católica.

2.       El periodo republicano se inició pacíficamente y las reformas emprendidas durante las constituyentes y en los gobiernos inmediatamente posteriores, trataron de poner a nuestro país a la altura cronológica en que se hallaba Europa. Manuel Azaña, presidente del Consejo, intelectual de prestigio y político en el sentido más alto del término, junto con otro importante conjunto de hombres vinculados al republicanismo y al socialismo moderado plantearon un entorno de reformas y de democratización de la sociedad sin parangón en aquel momento en nuestro país.

3.       Sin embargo, el contexto de la radicalización política en que las distintas fuerzas se movían, no sólo en España sino en el mundo, trajo consigo un continuo fenómeno de violencia política que sembró las bases de terrible enfrentamiento posterior. La mayor parte de las bases militantes de los dos grandes partidos políticos de la derecha y de la izquierda (la CEDA y el PSOE) dejaron de creer en el modelo democrático  como vía de crecimiento del país y de resolución de conflictos. Para ambos, la violencia apareció como el factor esencial para la transformación de la sociedad. La revolución de uno u otro signo se concebía como la solución a los problemas ancestrales del país y la República comenzó a verse, a los pocos años de su nacimiento, como algo obsoleto, del pasado, algo que ya no podía conducir a los españoles hacia el futuro. Lo malo es que el futuro revolucionario preconizado a cada uno de los lados del espectro político era radicalmente diferente, contrapuesto diríamos, al del otro. Y sólo por la violencia de las armas cada facción podía llevar a cabo su ideal social.

4.       A pesar de esto, los diferentes gobiernos republicanos mantuvieron alta la bandera democrática y, con uno u otro signo político, gobernaron apegados a los preceptos constitucionales. Fue un golpe militar, fraguado arteramente contra la organización democrática del país el que nos lanzó al peor enfrentamiento civil de nuestra historia. Quienes disculpan la acción de los militares basándose en la oleada de violencia desatada olvidan que las consecuencias fueron inmensamente peores, que la auténtica vorágine de muerte y destrucción sólo acaeció tras la sublevación de los generales golpistas.

5.       Pero el golpe no puede disculpar tampoco la violencia revolucionaria desencadenada en el territorio leal. Las matanzas de sacerdotes, las checas del Madrid rojo o de  la Barcelona anarquista  no pueden tampoco justificarse dentro de esa visión idílica con que la izquierda presenta a veces el periodo. No hay que olvidar que durante la guerra civil murieron en las retaguardias de ambos frentes un número similar de no combatientes. En el bando franquista se fusilaba por el solo hecho de ser militante de un sindicato o de cualquier partido de los firmantes del Frente Popular. En el bando republicano, las solas creencias religiosas o la pertenencia a un partido de derechas eran aval suficiente como para facilitar el acceso al otro mundo.

6.       Pero tampoco esa violencia por igual en ambas retaguardias puede dar lugar a justificar las posteriores masacres del régimen. Esas decenas de miles de fusilamientos en los primeros meses de “paz”, las muertes en las prisiones en condiciones inhumanas, la pérdida de las libertades públicas, la tutela absoluta de la sociedad por parte de los nuevos poderes.

7.       Por último, no podemos dejar de reseñar que en aquellas circunstancias medio país se enfrentó al otro medio. No podemos olvidar que había idealistas en ambos bandos, que en cuanto a los líderes o sus ideas podemos hoy tomar partido, pero no contra esas personas que henchidos de idealismo en unos casos o empujados por las circunstancias en otros empuñaron las armas para defender aquello en lo que creían. Yo hubiera estado claramente en un bando, pero eso no implica que no piense que los del bando contrario tenían tantos ideales y fundamentos que defender, como yo los hubiera tenido. Mi padre combatió en la 31 Brigada Mixta del Ejército Popular, pero vaya adelante mi respeto para los requetés del Tercio de Montserrat con lo que hubo de enfrentarse en Punta Targa y otros tantos lugares alrededor de Villalba de los Arcos.

 

Memoria y olvido. Volvamos a nuestro tema. No podemos renegar de la memoria. Somos lo que somos como nación debido a lo que nos ha precedido. No podemos negar la memoria a quienes pretenden ejercerla ahora para recuperar a sus muertos, indignamente olvidados durante tantos años. Pero hay que defender también la memoria de todos, de los muertos en la retaguardia franquista a causa del golpe militar y de los muertos en la retaguardia republicana a causa del proceso revolucionario que se vivió en dicha zona. ¿O es que nuestro Lorca, como ser humano, era más importante que el Muñoz Seca de ellos, muerto en las matanzas de la cárcel modelo? Como poetas, sin duda, no tienen comparación, pero como seres humanos sí y nadie tenía derecho a quitarles la vida por sus ideas. Memoria para todos, pues. ¿Y el olvido? Defendamos también el olvido como instrumento de trabajo, como categoría de importancia para mirar hacia el futuro. Sólo cuando memoria y olvido estén ubicados en sus correctas posiciones dentro de nuestra sociedad, podremos avanzar de forma fuerte y coordinada hacia nuestro futuro como país.

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