El renacentista, al menos unos cuantos renacentistas, es un hombre emprendedor, optimista ante el mundo y ante Dios, con ganas de formarse, de viajar, de descubrir, de disfrutar con el arte, de observar la naturaleza, de entender el mundo. El mundo por descubrir.
Las causas que condujeron a los viajes de exploración y que nos ofrecen los manuales son múltiples: deseo de expansión de las monarquías española y portuguesa, engrandecido por las derrotas musulmanas; los graves problemas políticos causados por la caída de Constantinopla en poder de los turcos; el ansia de aventura, acrecentada por los fabulosos relatos de Marco Polo, el afán de enriquecimiento, el aumento de población europea, el espíritu de Cruzada para evangelizar a los infieles, la necesidad de encontrar minas de oro y plata para hacer monedas, el aumento del consumo, la necesidad de materias primas para la artesanía, la urgencia de encontrar nuevas rutas para el comercio de especias con Asia. Incluso hay motivaciones científicas, como demostrar de una vez la esfericidad de la tierra, plasmar en mapas la geografía terrestre, encontrar nuevas especies vegetales y animales o vislumbrar el funcionamiento del universo.
Sin embargo todas estas causas no nos parecen suficientes para que Colón descubra América, Bartolomé Díaz doble el Cabo de Buena Esperanza o Vasco de Gama llegue a la India. Quizá sean los inventos técnicos los que harán posible el éxito de las increíbles exploraciones.
Muchos marinos como Colón tuvieron que cruzar enormes extensiones de mar sin ver tierra; para que sus viajes fueran repetibles se precisaban cartas oceánicas y métodos para determinar la posición del barco en el mar. Se desarrolla entonces la cartografía; los mapas incluirán los accidentes costeros, los puertos, las corrientes y vientos, tablas de navegación, lo que permite pasar del cabotaje a la navegación sin ver la costa.
La brújula o aguja de marear, de origen chino y presentado a occidente por los árabes, era el mejor instrumento para la navegación. Tenía un hilo de acero que se imantaba con piedra imán y se colocaba sobre una rosa de los vientos con treinta y dos rumbos. El astrolabio, de origen árabe, permitía calcular la altitud de una estrella, la hora y la latitud, pero será pronto relegado por el sextante, mucho más preciso.
Se construyen nuevos barcos como la carabela, manejable, excelente para remontar el viento, robusta, de poco calado y con cabida para una tripulación de unos veinte hombres. También se mejoró el timón y se combinaron velas cuadradas y triangulares para aprovechar mejor los vientos.
Aún así, todos estos motivos e invenciones no dan una explicación satisfactoria ni real, ni humana, de lo que ocurrió hace unos 500 años. Probemos con un poco de imaginación.
Imaginemos una nao que cruje azotada por el viento. Los hombres que van a bordo, muchos recuperados de las cárceles o de la miseria de las calles, están aterrorizados ante la tormenta y el oleaje. Sufren de artritis y artrosis, pues la ropa siempre está mojada; no tienen con qué calentarse y la escasa comida la tienen que compartir con ratas y gusanos. Las noches son una tortura; la negrura del mar y el cielo contagia las almas, y las chinches hacen imposible conciliar el sueño.
Imaginemos por un momento a Colón, arrodillado en las blancas arenas de la isla de Guanahaní. Cuántos desvelos y temores, cuántos inconvenientes y responsabilidades, cuánto sufrimiento y noches sin dormir se disiparían en ese mágico instante, en que sus lágrimas se funden en las azules aguas del Caribe. ¿Alguien imagina lo que ese hombre pudo sentir?
Imagina a Núñez de Balboa, después de atravesar la selva a machetazos, aplastando los insufribles mosquitos contra su piel atormentada por el calor y la humedad, cuando contempla con asombro ese mar en calma. Se acerca con sus hombres hasta la orilla, y sumergido hasta la cintura levanta su espada y el estandarte con la figura de la Virgen. Eleva su rostro al cielo y con su voz atronadora toma posesión del mar Pacífico en nombre de los soberanos de Castilla. ¿Se puede concebir mayor osadía?
Imagina el arrojo y el orgullo de Magallanes cuando zarpa con 250 hombres y 5 barcos. Pretende dar la vuelta al mundo y demostrar de una vez por todas la esfericidad de la tierra. ¿Sospechó las penurias de su viaje, el hambre espesa, que hasta el cuero se comían, la dolorosa muerte de sus hombres víctimas del escorbuto, la pérdida de sus barcos, los acantilados contra los que se azotaban sus naves cuando intentaban con poca fortuna cruzar el endiablado estrecho que comunica el Atlántico con el Pacífico? ¿Imaginó su propia muerte en tierras asiáticas luchando contra los indígenas? ¿Qué sentiría Elcano cuando consiguió regresar al cabo de tres años con solo una nave y 18 hombres?
Imaginemos la cara de estupefacción de los rudos hombres de Hernán Cortés cuando son recibidos como dioses por los fabulosos aztecas tocados con vistosas plumas; se convierten de pronto en la personificación del mismo dios Quetzlcoatl. Podemos imaginar, es fácil, cómo surgen la lujuria y la codicia entre nuestros hombres, pero no cómo construyen y fletan sus propios barcos para atacar la ciudad de Tenochtitlán y vengan la muerte de sus compañeros en la llamada noche triste urdida por el emperador Moctezuma. Un puñado de hombres acaba con todo un imperio con unas pocas armas, unos perros de presa y un montón de valor. ¿Eran conscientes de lo que estaban haciendo y para qué?
Imagina a Pizarro, recién salido de su Trujillo, intentando la conquista de Perú con 112 hombres y 4 caballos. Después de muchas calamidades, llega a la isla del Gallo y sus hombres, desesperados, no quieren continuar. La escena es impresionante. Pizarro, hombre de fuerte carácter, traza una línea en la arena con su espada y grita: Por este lado se va a Panamá, a ser pobre. Por este otro al Perú, a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere. ¿Qué pensaron los trece hombres que cruzaron la raya? ¿Imaginaron poder acabar con el imperio inca o ajusticiar tanto a Huáscar como al propio Atahualpa?
Almagro inicia los preparativos para una expedición hacia Chile. Los hombres rodean el lago Titicaca, ¡cruzan los Andes!, sí, cruzan los Andes, donde sufren la congelación de pies y manos y ven morir a cientos de indios. Por fin llegan al valle del Copiapó, lo que se considera el descubrimiento de Chile. ¿Qué esperaban encontrar?
Cuando los rotos de Chile regresan a Perú, decepcionados por la falta de riquezas, poco sospechaban que Almagro moriría por estrangulamiento de torniquete ordenado por Pizarro, y que este a su vez moriría a manos de los almagristas.
Imaginemos por un instante a Almagro o a Pedro de Valdivia atravesando el inhóspito desierto de Atacama; entre lamentos y sed ven morir a muchos hombres y animales, que servirán después de comida a los pobres desgraciados que se internarán en ese infierno. Imagina a Valdivia, con una decena de soldados y mil indios enfrentándose a la insólita resistencia indígena de los indios mapuches en la terrible guerra de Arauco. Imaginemos, por qué no, la pavorosa aventura de Cabeza de Vaca; en su libro Naufragios narra las penurias de los cuatro únicos supervivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a Florida, y cómo, durante 8 años, vivieron entre los indios como esclavos, comerciantes y curanderos, hasta que consiguieron escapar y atravesar a pie el suroeste de EEUU y el norte de México.
De esta manera empezamos a vislumbrar el día a día de la gran gesta que se llevó a cabo entonces; fueron ellos, los hombres, hombres como nosotros, valientes, con visión de futuro, los que hicieron posible el descubrimiento, para el mundo, de un nuevo mundo.
¿Se cometieron atrocidades y errores sin cuento? Muchos; a cientos. Pero ¿acaso hoy no cometemos y contemplamos terribles injusticias desde nuestro cómodo sillón? Infinitas. Pero la diferencia es que nosotros no podemos vanagloriarnos de ninguna hazaña digna de ser recogida en la memoria de los hombres. Mi admiración más incondicional para esos individuos que hicieron esta, nuestra historia.

