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El descubrimiento de América, una epopeya por reivindicar

El renacentista, al menos unos cuantos renacentistas, es un hombre emprendedor, optimista ante el mundo y ante Dios, con ganas de formarse, de viajar, de descubrir, de disfrutar con el arte, de observar la naturaleza, de entender el mundo. El mundo por descubrir.

Las causas que condujeron a los viajes de exploración y que nos ofrecen los manuales son múltiples: deseo de expansión de las monarquías española y portuguesa, engrandecido por las derrotas musulmanas; los graves problemas políticos causados por la caída de Constantinopla en poder de los turcos; el ansia de aventura, acrecentada por los fabulosos relatos de Marco Polo, el afán de enriquecimiento, el aumento de población europea, el espíritu de Cruzada para evangelizar a los infieles, la necesidad de encontrar minas de oro y plata para hacer monedas, el aumento del consumo, la necesidad de materias primas para la artesanía, la urgencia de encontrar nuevas rutas para el comercio de especias con Asia. Incluso hay motivaciones científicas, como demostrar de una vez la esfericidad de la tierra, plasmar en mapas la geografía terrestre, encontrar nuevas especies vegetales y animales o vislumbrar el funcionamiento del universo.

Sin embargo todas estas causas no nos parecen suficientes para que Colón descubra América, Bartolomé Díaz doble el Cabo de Buena Esperanza o Vasco de Gama llegue a la India. Quizá sean los inventos técnicos los que harán posible el éxito de las increíbles exploraciones.

Muchos marinos como Colón tuvieron que cruzar enormes extensiones de mar sin ver tierra; para que sus viajes fueran repetibles se precisaban cartas oceánicas y métodos para determinar la posición del barco en el mar. Se desarrolla entonces la cartografía; los mapas incluirán los accidentes costeros, los puertos, las corrientes y vientos, tablas de navegación, lo que permite pasar del cabotaje a la navegación sin ver la costa.

La brújula o aguja de marear, de origen chino y presentado a occidente por los árabes, era el mejor instrumento para la navegación. Tenía un hilo de acero que se imantaba con piedra imán y se colocaba sobre una rosa de los vientos con treinta y dos rumbos. El astrolabio, de origen árabe, permitía calcular la altitud de una estrella, la hora y la latitud, pero será pronto relegado por el sextante, mucho más preciso.

Se construyen nuevos barcos como la carabela, manejable, excelente para remontar el viento, robusta, de poco calado y con cabida para una tripulación de unos veinte hombres. También se mejoró el timón y se combinaron velas cuadradas y triangulares para aprovechar mejor los vientos.

Aún así, todos estos motivos e invenciones no dan una explicación satisfactoria ni real, ni humana, de lo que ocurrió hace unos 500 años. Probemos con un poco de imaginación.

Imaginemos una nao que cruje azotada por el viento. Los hombres que van a bordo, muchos recuperados de las cárceles o de la miseria de las calles, están aterrorizados ante la tormenta y el oleaje. Sufren de artritis y artrosis, pues la ropa siempre está mojada; no tienen con qué calentarse y la escasa comida la tienen que compartir con ratas y gusanos. Las noches son una tortura; la negrura del mar y el cielo contagia las almas, y las chinches hacen imposible conciliar el sueño.

Imaginemos por un momento a Colón, arrodillado en las blancas arenas de la isla de Guanahaní. Cuántos desvelos y temores, cuántos inconvenientes y responsabilidades, cuánto sufrimiento y noches sin dormir se disiparían en ese mágico instante, en que sus lágrimas se funden en las azules aguas del Caribe. ¿Alguien imagina lo que ese hombre pudo sentir?

Imagina a Núñez de Balboa, después de atravesar la selva a machetazos, aplastando los insufribles mosquitos contra su piel atormentada por el calor y la humedad, cuando contempla con asombro ese mar en calma. Se acerca con sus hombres hasta la orilla, y sumergido hasta la cintura levanta su espada y el estandarte con la figura de la Virgen. Eleva su rostro al cielo y con su voz atronadora toma posesión del mar Pacífico en nombre de los soberanos de Castilla. ¿Se puede concebir mayor osadía?

Imagina el arrojo y el orgullo de Magallanes cuando zarpa con 250 hombres y 5 barcos. Pretende dar la vuelta al mundo y demostrar de una vez por todas la esfericidad de la tierra. ¿Sospechó las penurias de su viaje, el hambre espesa, que hasta el cuero se comían, la dolorosa muerte de sus hombres víctimas del escorbuto, la pérdida de sus barcos, los acantilados contra los que se azotaban sus naves cuando intentaban con poca fortuna cruzar el endiablado estrecho que comunica el Atlántico con el Pacífico? ¿Imaginó su propia muerte en tierras asiáticas luchando contra los indígenas? ¿Qué sentiría Elcano cuando consiguió regresar al cabo de tres años con solo una nave y 18 hombres?

Imaginemos la cara de estupefacción de los rudos hombres de Hernán Cortés cuando son recibidos como dioses por los fabulosos aztecas tocados con vistosas plumas; se convierten de pronto en la personificación del mismo dios Quetzlcoatl. Podemos imaginar, es fácil, cómo surgen la lujuria y la codicia entre nuestros hombres, pero no cómo construyen y fletan sus propios barcos para atacar la ciudad de Tenochtitlán y vengan la muerte de sus compañeros en la llamada noche triste urdida por el emperador Moctezuma. Un puñado de hombres acaba con todo un imperio con unas pocas armas, unos perros de presa y un montón de valor. ¿Eran conscientes de lo que estaban haciendo y para qué?
Imagina a Pizarro, recién salido de su Trujillo, intentando la conquista de Perú con 112 hombres y 4 caballos. Después de muchas calamidades, llega a la isla del Gallo y sus hombres, desesperados, no quieren continuar. La escena es impresionante. Pizarro, hombre de fuerte carácter, traza una línea en la arena con su espada y grita: Por este lado se va a Panamá, a ser pobre. Por este otro al Perú, a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere. ¿Qué pensaron los trece hombres que cruzaron la raya? ¿Imaginaron poder acabar con el imperio inca o ajusticiar tanto a Huáscar como al propio Atahualpa?

Almagro inicia los preparativos para una expedición hacia Chile. Los hombres rodean el lago Titicaca, ¡cruzan los Andes!, sí, cruzan los Andes, donde sufren la congelación de pies y manos y ven morir a cientos de indios. Por fin llegan al valle del Copiapó, lo que se considera el descubrimiento de Chile. ¿Qué esperaban encontrar?

Cuando los rotos de Chile regresan a Perú, decepcionados por la falta de riquezas, poco sospechaban que Almagro moriría por estrangulamiento de torniquete ordenado por Pizarro, y que este a su vez moriría a manos de los almagristas.

Imaginemos por un instante a Almagro o a Pedro de Valdivia atravesando el inhóspito desierto de Atacama; entre lamentos y sed ven morir a muchos hombres y animales, que servirán después de comida a los pobres desgraciados que se internarán en ese infierno. Imagina a Valdivia, con una decena de soldados y mil indios enfrentándose a la insólita resistencia indígena de los indios mapuches en la terrible guerra de Arauco. Imaginemos, por qué no, la pavorosa aventura de Cabeza de Vaca; en su libro Naufragios narra las penurias de los cuatro únicos supervivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a Florida, y cómo, durante 8 años, vivieron entre los indios como esclavos, comerciantes y curanderos, hasta que consiguieron escapar y atravesar a pie el suroeste de EEUU y el norte de México.
De esta manera empezamos a vislumbrar el día a día de la gran gesta que se llevó a cabo entonces; fueron ellos, los hombres, hombres como nosotros, valientes, con visión de futuro, los que hicieron posible el descubrimiento, para el mundo, de un nuevo mundo.

¿Se cometieron atrocidades y errores sin cuento? Muchos; a cientos. Pero ¿acaso hoy no cometemos y contemplamos terribles injusticias desde nuestro cómodo sillón? Infinitas. Pero la diferencia es que nosotros no podemos vanagloriarnos de ninguna hazaña digna de ser recogida en la memoria de los hombres. Mi admiración más incondicional para esos individuos que hicieron esta, nuestra historia.

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El caballo revoluciona la agricultura, el comercio y el arte de la guerra

Nunca dejará de sorprendernos la influencia de este mamífero herbívoro en la historia, sobre todo desde la Edad Media hasta casi nuestros días. ¡Y todo por un poco de cuero aquí y un poco de hierro allá! Cuerpo esbelto y musculoso, cuello largo provisto de crines, cabeza triangular alargada, cola larga y orejas eréctiles, este precioso y noble animal tiene una potencia increíble, potencia que fue totalmente desaprovechada por las antiguas civilizaciones, incluso por Roma. Así, en contra de las creencias populares, hay que llegar hasta el siglo VIII o incluso al XI, dependiendo de los lugares, para ver generalizado el uso del caballo.

Hasta la Edad Media, la fuerza motriz de los caballos era tan poca que nunca fueron empleados estos animales para el trabajo del campo. En agricultura siempre se había utilizado al lento y trabajador buey. El atalaje o sistema de tiro de los bueyes se hacía atando los cuernos de los animales a una pieza de madera, el yugo de cuernos, unido a su vez por un lazo flexible, y más tarde por un timón, al arado. El yugo de cruz se apoyaba en la base del cuello, la cruz; un collar de madera colocado alrededor del cuello lo mantenía en su lugar.

Lo curioso es que los atalajes de los bueyes fueron los que se utilizaron para los caballos, cuando la estructura física de estos animales no es ni parecida, y sobre todo, los equinos carecen de hueso sobresaliente o cruz para apoyar el yugo. Así, en cuanto los caballos se ponían en marcha, las correas presionaban la vena yugular y la arteria traqueal, lo que provocaba que echaran violentamente la cabeza hacia atrás para evitar la estrangulación, y que fueran incapaces de tirar de una carga superior a 500 kg. Este aspecto incluso se llegó a legislar: en el Código de Teodosio, emperador romano, del año 438, se prohíbe bajo pena de multa los cargamentos de más de 500 kg sobre los caballos. Es posible que esta prohibición se debiera a los abusos que se cometían con estos animales, cargados hasta provocar la muerte de muchos de ellos con el consiguiente trastorno económico.

Por los mismos motivos tampoco servían para el transporte de mercancías por las calzadas romanas, lo que hacía que los romanos utilizaran para ello a los lentos bueyes. Consecuentemente, el comercio terrestre se encarecía muchísimo, pues a los costes de producción había que sumar los altos costos del transporte.

Además, las pezuñas de los caballos eran muy sensibles, y los caballos se herían con frecuencia cuando eran forzados a galopar, sobre todo para transportar correos. Los romanos se dieron cuenta del problema, pero no se esforzaron mucho en resolverlo: intentaron poner a los caballos unas sandalias de cuero y cuerdas, y después de hierro fijadas con alambre, pero los caballos las perdían al primer galope. Por tanto, no es de extrañar que el único transporte asequible para el comercio en la Antigüedad fuera el marítimo.

Sobre el siglo VIII, alguien tiene la genial idea de fabricar una collera rígida que se ata después al cuerpo del animal, que tira con el pecho, sin estorbar así su respiración. El collar está almohadillado; a uno y otro lado se fijan unos tiros flexibles que se unen a una barra, fija a su vez al arado o a la carreta; el caballo tira así con sus paletillas sin que nada le moleste ya. A partir de entonces se generaliza el uso del caballo para las labores agrícolas. La fuerza de tracción del caballo y la del buey son aproximadamente iguales, pero como el caballo se desplaza una vez y media más rápidamente, la potencia producida es una vez y media superior. Además el caballo es más resistente que el buey, pues puede trabajar alrededor de dos horas diarias más en el campo. Esto produjo, junto con algunos factores como el clima o la rotación trienal, una auténtica revolución de la agricultura.

El rendimiento del caballo mejoró todavía más cuando le pusieron herraduras, protegiendo el casco de suelos rocosos; a partir del siglo XII ya se fabricaban en serie y se fijaban con clavos. Incluso el enganche de los caballos en reata, es decir, uno detrás de otro con el fin de sumar sus fuerzas de tiro, fueron innovaciones que los romanos ni imaginaron. Desde entonces su contribución al trabajo del hombre ha sido tan valiosa, que el caballo de vapor ha quedado como unidad de potencia, que equivale a 75 Kilográmetros por segundo o 0,735 kilovatios.

El aspecto militar también se vio influido por los nuevos correajes de los caballos y por la llegada de un invento insignificante y grandioso: el estribo. Es una pequeña pieza de metal, madera o cuero donde el jinete apoya el pie. Hasta el momento de su invención, los jinetes se sujetaban con las correas y con la fuerza de las piernas ejercida sobre el animal. Era muy dificultoso sujetarse sobre el caballo, y más con una pesada armadura y sosteniendo una lanza o una espada con la que se pretendía atacar al enemigo. En los ejércitos antiguos, la caballería, si existía, era una fuerza de apoyo, útil por su rapidez, pero el combate a caballo se limitaba al envío de flechas o jabalinas. Lo normal es que para batirse, el caballero pusiera pie a tierra, y por cierto con mucho cuidado de no caer al suelo, pues quedaría tan indefenso como una cucaracha patas arriba.

El estribo es un invento chino, pero que no se conoce en occidente hasta el siglo VIII entre los francos de Carlos Martel, traído por los musulmanes. Esta pieza de 100 gramos de peso, permitió al jinete apoyarse con firmeza sobre los pies, con las piernas prácticamente extendidas, y descargar sus golpes de espada contra el enemigo con toda la potencia posible, firmemente sujeto al caballo. Nace así la caballería moderna. No cabe dura de que el caballo era, y es, un animal caro: valía como unos veinte bueyes y comía preciosos cereales. Esto sólo se lo podían permitir unos pocos hombres libres: nace así una aristocracia de guerreros especializados, los caballeros, que acaban obteniendo todo el poder político. Es más, podemos decir que desde el siglo VIII la caballería es el arma fundamental de todos los ejércitos hasta llegar a la Primera Guerra Mundial, cuando es destrozada a distancia por las mortíferas ráfagas de la ametralladora.

Resumiendo, y como dice Didier Gille Con el estribo, este simple trocito de metal, el feudalismo se instalaba en Europa.

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Mi Regreso a Vadinia y tu Regreso a Vadinia

Todavía no me puedo creer la coincidencia. En febrero, y después de dos años de búsqueda de editorial, me comunican la publicación de mi novela en la editorial digital LUARNA, y a mediados de mayo me informan de que se va a presentar en La Casa de León en Madrid una novela con, exactamente, el mismo título, Regreso a Vadinia.
Disgusto, indignación, incredulidad. Enseguida hubo gente cercana que me preguntó de dónde había sacado el título. Después de infinitas llamadas y correos, mi editorial, pequeña, arriesgada, valiente, se puso en contacto con tu editorial, fuerte, de las que subvencionan publicaciones con el dinero de todos, independientemente del valor de la publicación, formada por un grupito de elegidos, de los que van juntos a todas las presentaciones y actos en los que se adulan, se abrazan y toman unas ricas tapas con vinos del lugar.

Las editoriales llegaron al siguiente acuerdo: en el acto de presentación de tu libro, se leería una nota de prensa de mi editorial, en la que se hacía una sutil referencia al perjuicio que podría causar en mi publicación la aparición de otra, apoyada institucionalmente, con el mismo título. Yo misma también llegué a un acuerdo con el Presidente de la Casa de León en Madrid: él, personalmente, leería, en el mismo acto, una nota mía, pues entendió que era una cuestión de honor profesional, tanto para él como para mí.

Después de mucho reflexionar, mi enfado y estupor fueron dando paso a un sentimiento de amor por la literatura, así que, lejos de reivindicar nada, escribí las siguientes palabras para que fueran leídas en el acto de presentación de tu libro:

“En primer lugar, quiero saludar a todos los presentes y manifestar mi respeto por todos los que aman la literatura. Por eso estáis reunidos aquí.

En segundo lugar, deseo dar las gracias al Presidente de La Casa de León en Madrid, Rafael, que me brinda la gentil oportunidad de decir unas palabras en este acto, que no es mío, sino de Manuel.
No puedo negar el disgusto que me ha producido la increíble coincidencia del evocador título Regreso a Vadinia. Incluso he tenido que aguantar algún que otro comentario sarcástico del tipo “¿Pero quién copió a quién?”. Sin embargo las casualidades existen, y en nuestra mano está convertir una coincidencia infortunada en una ocasión de encuentro y conocimiento.

Para mí han sido dos años de trabajo intenso, de bucear en la historia y poner en palabras y emociones la increíble resistencia de nuestra montaña oriental leonesa ante el asedio romano. Después, ha habido dos años más de búsqueda infructuosa de editorial.

Hace unos meses, LUARNA, una pequeña editorial en la vanguardia de las nuevas tecnologías, me ha abierto sus páginas digitales. Bastó un solo correo con una breve presentación y el envío de la novela.
En el plazo de poco más de una semana, recibí la contestación: no solo me ofrecían publicar la novela, sino unas palabras entusiastas sobre Regreso a Vadinia. Todavía más, me han dedicado un montón de páginas elogiosas en el último número de su revista “Guía de perplejos”. Por todo ello, gracias.

Solo me resta decirle a Manuel, a quien espero conocer algún día, que nuestra coincidencia no solo es en la forma, sino en el fondo: Vadinia es para él el regreso a la infancia, a las raíces, a la propia historia. Para mí Vadinia es el encuentro con las raíces de un pueblo, con su pasado heroico, salvaje, arrollador.
Por último, quiero aprovechar esta oportunidad única: si alguno de los presentes quiere saber algo más de la gesta vadiniense y cántabra, que no deje de visitar las páginas de LUARNA, de mi Vadinia.
Deseo a Manuel un gran éxito con su libro. Gracias a todos, Lola Figueira”.

Mi editorial me felicitó por el enfoque “altruista” del asunto, y yo misma me sentí satisfecha, pues la literatura debe estar por encima de los asuntos mundanos.

Sin embargo nada fue como se esperaba. En los momentos previos a tu presentación, los representantes de tu editorial, con no muy buenos modales, se negaron en redondo a leer la nota de prensa de mi editorial, aduciendo que el asunto ya estaba arreglado. Cuando el presidente de La Casa de León en Madrid comentó que leería mi carta, el autor cerró filas con sus amigos editores, y dijo, -creo que también fallaron los buenos modales-, que de ninguna manera, que era su acto. Incluso parece que tuvo el apoyo, qué triste, de los dos ilustres escritores leoneses, Julio Llamazares y Luis Mateo Díez, amiguetes que actuaron como guardia de corps en defensa de su amigo, quizá pensando que una intrusa pretendía colarse en ese mundillo suyo tan escogido, en el que cuantos menos seamos, a más tocamos.
Mi decepción todavía no ha tocado fondo. ¿Alguien cree que mis palabras podrían perjudicar a tu Regreso a Vadinia? Yo creo que no. Y creo que perdiste, -tú y tus amiguetes-, una oportunidad de ser un señor. La gente anónima, como yo, hubiéramos valorado una actitud más honesta, de reconocimiento del contrincante. Incluso hubiera sido muy digno que reconocieras que mi título fue anterior al tuyo, que ni siquiera tenías ISBN, que el mío sí que se refería a la Vadinia de verdad, a la que fue, y que la tuya simplemente fue un préstamo porque te sonó muy bien el nombre, aunque desconocías todo de ella (incluso después de todo, a lo mejor la sigues desconociendo).

También sería más honesto que, puesto que tu libro recoge tus vivencias, (yo, mi, me, conmigo), el título mejor hubiera sido Regreso a Puente Castro; o Regreso a La Candamia. ¿O quizá te daba vergüenza poner ese nombre tan de barrio, tan leonés, tan de la vida en la calle, tan de tu vida de verdad? Quizá pensaste en inventar otro nombre evocador, por ejemplo, Celama, o El río Torío del olvido, pero quizá te pareció muy descarado. En cambio Vadinia, ¿quién sabe de Vadinia?

¿Ni siquiera consultaste en Internet para comprobar si ese título existía ya?

No me quiero olvidar del periodista que te hizo la entrevista de prensa. Antes de tu presentación le escribí un correo, para notificarle la coincidencia de los dos Regreso a Vadinia, que podía ser interesante hacer un cotejo de las dos obras, que yo también era autora leonesa y esas cosas. Ni siquiera me contestó. Alguien me dijo después que también era de la panda de amiguetes.
¡Y yo que pensaba que la literatura era moza honesta!

En una entrevista que me hicieron en LUARNA, en la Guía de Perplejos, dije estas palabras: “Lo único que le pido a un escritor es que no me intente engañar con historias poco convincentes, como por ejemplo “dejó su trabajo y su familia en París y se fue a criar cocodrilos a una granja de Kenia”. Es algo difícil de explicar, pero creo que hay que ser coherente y honrado a la hora de escribir”. Sigo pensándolo. Un futbolista de Puente Castro, por muy bien que regatee, no tiene nada que ver con Vadinia, que es historia con mayúsculas, épica, alucinante, honesta, valerosa. Vadinia no es tu infancia ni la mía. Vadinia es la raíz de nuestro pueblo, donde nació, te lo aseguro, lo mejor de él.

Aunque no te lo creas, cientos de leoneses y cántabros se saben al dedillo la verdadera historia de Vadinia; incluso la representan en sus multitudinarias fiestas. Nadie, te incluyo y me incluyo, debería apropiarse de lo que no es suyo.

¡Ah! Existe una herramienta de valor incalculable que se llama Internet, para consultar cosillas, como un título de un libro o la historia magnífica de un pueblo que valoró por encima de todo su libertad.

Un saludo, lola

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El griego que prefería tener un esclavo antes que inventar una máquina

Algunos autores defienden que la causa del escaso interés de los antiguos griegos por la técnica es la esclavitud. Con esta “institución”, el hombre griego se desentiende de los trabajos en las minas o en el campo, y se puede dedicar al ocio, a oficios más delicados o al cultivo del pensamiento y las artes. Así los esclavos suplirían una serie de inventos mecánicos que el griego hubiera tenido que ingeniar si no le sobrara tanta mano de obra.

Analicemos algunos de sus inventos y técnicas. No cabe duda de que los griegos dominaron las técnicas de construcción; véase el Partenón o el conjunto de la Acrópolis. Los sillares, que unían entre sí con grapas de plomo, eran alzados con unas máquinas rudimentarias formadas con vigas, un cable, una polea y un torno de mano.

Inventaron el trirreme, con ciento setenta remeros distribuidos en tres filas, navío de guerra muy rápido, que dio la superioridad marítima a Atenas; disponían también de barcos mercantes, llamados redondos o huecos, a vela. Muchas veces se las apañaban para no tener que dar toda la vuelta al Peloponeso: desde el golfo de Salónica al de Corinto se transportaban los barcos sobre rodillos de madera, atravesando el istmo de Corinto.

Por tanto, es cierto que tanto para la navegación como para la construcción tuvieron que disponer de mucha mano de obra esclava.

Destacaron en el trabajo en metal, en la fabricación de gran variedad de perfumes, en tejidos de lana, en el trabajo del cuero, a lo que se dedicaban los artesanos, pero también en la producción de papiros en serie o en la elaboración de todo tipo de recipientes de cerámica, fundamentales para el comercio, así como lámparas, canales de conducción, urnas funerarias, utensilios de cocina, o adornos del mismo material, técnicas en las que se empleaba a millares de esclavos.

Muchos de los instrumentos inventados por los griegos tienen que ver con la Astronomía: para hacer cálculos y mediciones dispusieron de esferas armilares, astrolabios, cuadrantes, mecanismos para reproducir los movimientos de los planetas y hacer previsiones. A mediados del V a. C. los griegos ya tenían dos aparatos para medir el tiempo: el cuadrante solar, o gnomon, y la clepsidra o reloj de agua. El ábaco era otro instrumento técnico de gran utilidad para los cálculos, inventado independientemente en las civilizaciones azteca, hindú y china.

Incluso entre sus científicos hubo importantes técnicos. Arquímedes, Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, diseñó dispositivos para superar con una fuerza menor una fuerza mayor, el más simple de ellos es la palanca, e inventó la hélice arquimédica para sacar agua de los ríos; también construyó catapultas y defensas para Siracusa ante el asedio romano.

Herón inventó una esfera vacía que giraba gracias al vapor, primera máquina de vapor de la historia, que transformaba la energía térmica en mecánica. Servía para abrir las gigantescas puertas de los templos, maravillando a los presentes. También inventó una máquina expendedora que funcionaba con monedas para el agua consagrada del templo, y la dioptra, un instrumento para la medición de ángulos, utilizado en topografía y construcción. Ctesibio, llamado por algunos historiadores el Edison de Alejandría, inventó el órgano hidráulico, los muelles metálicos, el reloj de agua y la bomba impelente.
¿Con estos inventos técnicos se pudo desarrollar entonces una pequeña revolución industrial que facilitara la vida cotidiana de los griegos? Sí, pero no ocurrió.

Quizá el meollo de la cuestión esté en la propia mentalidad griega: las actividades productivas no estaban muy bien vistas, pues la aspiración de los griegos era trabajar lo mínimo posible y dedicarse a la política, al ejército y a cultivar su espíritu; incluso estaba mal visto trabajar por dinero. El tiempo de ocio lo dedicaban a los banquetes, el paseo con los amigos, la caza, la pesca, las peleas de animales, y juegos de mesa, como los dados, las tabas o astrágalos; también jugaban a la pelota con bastones curvos y al balón dentro de los gimnasios, y no se perdían una representación teatral.

Los griegos se ocuparon de “inventos” como la filosofía, el teatro, los juegos olímpicos, la democracia o el primer concepto de Unión Europea, pero parece que en su pensamiento no existe acercamiento entre la teoría y la práctica, entre la ciencia, o contemplación del mundo, y la técnica, que, en general, sirve para facilitar la vida a los hombres.

Así, la esclavitud no sería la causa de su atraso tecnológico, sino la consecuencia de esa mentalidad griega que tiende hacia la contemplación del mundo.

Sabrán hoy los griegos de Papandreu tomar medidas prácticas ante la gravedad de su crisis económica? A lo mejor siguen arrastrando la misma mentalidad que sus clásicos antepasados.

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Los embalsamadores sabían lo que los médicos egipcios ni sospechaban

La medicina fue una de las ramas del saber más desarrolladas en el Imperio Antiguo Egipto. Sin embargo, los conocimientos médicos se vieron truncados por el propio carácter egipcio, sumamente conservador, por el respeto desmesurado hacia la tradición, quizá debido al ritmo marcado por las crecidas del padre Nilo. Y por las enormes diferencias sociales, que impedían el contacto entre personas de distinta clase y el intercambio de conocimientos.
Los papiros médicos, en los que convivían aspectos médicos y mágicos, fueron copiados sin crítica, sin introducción de cambios. Lo normal era que la aplicación de una pomada, colirio, poción o ungüento se acompañara con las palabras de una fórmula mágica. Magos y médicos convivían en buena relación.

Los médicos solían aconsejar una higiene muy severa y ayunos frecuentes para prevenir la enfermedad. Conocían tratamientos para enfermedades del oído, del estómago, del corazón, del hígado, practicaron la trepanación y la cirugía. En el Papiro Ebers, del siglo XVI a.C., hay un tratado titulado “Instrucciones para curar a alguno que sufra del estómago”, pero de todos los casos, sólo hay cinco que se refieran a enfermedades del estómago: mala digestión, dilatación, cáncer, hemorragia y molestia gástrica febril. Para el estreñimiento recomendaban medicamentos con ingredientes naturales, como granos de junquillo y de ricino, miel, aceite, cerveza. Conocían parásitos intestinales como la tenia y las lombrices. El orificio del recto era a veces objeto de los cuidados de un especialista, llamado “el guardián del ano”. Para el remedio de las molestias utilizaban supositorios, compresas de tejido vegetal, enemas, vendajes.
Los médicos habían explorado la caja craneal y reconocido el cerebro. Sin embargo, para los dolores de cabeza aconsejaban remedios externos, como “frotar la cabeza enferma con un cráneo de siluro, y así el dolor pasará de la cabeza del hombre a la del pez”. Los ungüentos mezclaban grasa de león, de hipopótamo, de cocodrilo, de gato, de serpiente, de gamuza…

La cara comprendía “los siete agujeros de la cabeza”: fosas nasales, orejas, boca y ojos. El oído tenía mucha importancia, pues “el soplo de la vida entra por la oreja derecha, el soplo de la muerte entra por la oreja izquierda”. Hay tratamientos para la piorrea, abscesos alveolares, caries (cerradas con un cemento elaborado con algún elemento mineral y harinas, resinas, miel y agua). Para los ojos conocían un centenar de recetas, pues eran muy frecuentes las enfermedades causadas por el polvo, el calor, la luz y las moscas. Conocían bien la pupila y la esclerótica, pero no la estructura interna del ojo.

Inventaron una especie de algodón para el vendaje de las heridas, bandas de tela adherente o esparadrapo, y fueron los primeros en cerrar las heridas con puntos de sutura, además de inmovilizar las fracturas de huesos con trozos de madera o cartón cubierto de tela. También utilizaron soportes de ladrillo para mantener a un herido en posición inmóvil, tubos de madera para alimentar con líquidos a los tetánicos, cauterizaban con puntas de fuego…

Pero, a la vez, un mago podía recetar para un dolor de ojos las aguas sucias de un lavadero, fumigaciones de los genitales femeninos con excrementos de hipopótamo, excrementos de mosca para eliminar la alopecia, excrementos humanos desecados para el prolapso de útero, o recomendar para la curación de la ceguera los humores extraídos de los ojos de un cerdo.

Los médicos hacían sus propias medicinas con una grandísima variedad de plantas, como el enebro, higuera, pepino, dátil, apio, ajo, cebollas, adormidera, y productos del reino animal como carne grasa, carne fresca, bilis de buey, de tortuga, de cabra, hígado de buey y de asno, grasa de león, cocodrilo, hipopótamo, sangre de cabra, de perro, de lagarto, leche de mujer, de vaca y de oveja, miel, cera… También mezclaban minerales como alabastro, malaquita, granito, natrón, petróleo, arsénico, cobre, galena, sílex. Los medicamentos eran medidos y no pesados, como harían después los griegos.
Sin embargo los conocimientos médicos podrían haber seguido creciendo, y la historia de la medicina podría haber sido muy distinta, de haber habido algún contacto entre los médicos egipcios y los embalsamadores.

La práctica de la momificación consistía en la conservación del cuerpo del difunto, para que en la vida del más allá su espíritu se uniese al cuerpo y así pudiesen vivir juntos en el reino de Osiris. El método utilizado dependía del dinero que la familia podía destinar a la momificación de su difunto. A los pobres no les quedaba más remedio que enterrar a sus muertos en las arenas del desierto. Los embalsamadores, debido a la constante disección de cadáveres, conocían la distribución de vasos sanguíneos por el cuerpo, incluidos los conductos de los riñones hacia la vejiga. Los médicos lo desconocían; pensaban que había un conducto directo del corazón a la vejiga. Los embalsamadores conocían y distinguían todas las vísceras, y habían palpado las deformaciones internas causadas por las distintas enfermedades como el cáncer, la pulmonía, las infecciones parasitarias, las roturas de huesos.
Las diferencias sociales entre el médico y el embalsamador impidieron el contacto entre unos y otros. Los médicos, generalmente provenientes de familias acomodadas y con gran tradición médica, trabajaban en las Casas de la Vida, donde había salas para los enfermos y horarios de consulta. Allí recibían sus clases los estudiantes de medicina, que como profesionales llegaban a adquirir un gran prestigio social. Los embalsamadores trabajaban en las Casas de la Muerte. Su contacto constante con la muerte les hacía indeseables a los ojos de los demás. Era imposible disimular el olor que impregnaba su piel, así como las marcas producidas por el manejo de líquidos corrosivos. Era un oficio de la más baja categoría, aunque imprescindible para las creencias religiosas de los egipcios.

La distancia social entre los profesionales de la medicina y los que trabajaban en las Casas de la Muerte, impidió que el conocimiento anatómico adquirido por la práctica de la momificación se incorporase a la tradición médica.

La ciencia médica renacerá de nuevo en la Alejandría de Alejandro Magno, pero quizá, la historia de la medicina podría haber sido muy distinta si hubiese habido más igualdad y comunicación entre las personas.

¿Las hay hoy en día?

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Las mujeres provocaron la Revolución Neolítica

Un invento técnico como la cerámica pudo ser la principal causa del crecimiento demográfico del Neolítico. Y las mujeres, las causantes y principales protagonistas de la Revolución Neolítica. Intentemos desarrollar estas simples hipótesis.

Los grupos humanos del Paleolítico Superior eran nómadas debido a la necesaria búsqueda de alimento. Al desplazarse de un lugar a otro, operación realmente penosa, transportaban a los individuos incapaces de andar, como los bebés, así como los instrumentos necesarios para la subsistencia, desde los útiles de piedra a la comida o las pieles de dormir. Para ello fabricaron bolsas con pieles de animales; incluso eran capaces de transportar algo de líquido en las vejigas y tripas de los herbívoros que cazaban.

Las mujeres amamantaban a sus hijos durante mucho tiempo, hasta que estos eran capaces de morder, lo que provocaba un distanciamiento entre los nacimientos (método anticonceptivo natural). Además el grupo debía tener un número de miembros reducido para poder encontrar con relativa facilidad un lugar de asentamiento y comida para todos ellos.

En el Neolítico el hombre dejó de ser nómada porque descubrió la posibilidad de alimentarse de la agricultura y la ganadería. Además desarrolló hábiles técnicas de construcción, de elaboración de tejidos, de pulimento de la piedra, de fabricación de útiles para el campo, de trueque, y la cerámica, invento que provocó, junto con otros elementos, la revolución demográfica.

La cerámica no se desarrolló durante el nomadismo, pues es frágil y su transporte no es sencillo. Pero una vez asentados los grupos en los primeros poblados de la historia, la mujer se dedicó con esmero a la fabricación de vasijas, que podían contener y conservar mejor los líquidos. Pronto se moldearon todo tipo de recipientes para las distintas necesidades de la vida diaria, que después eran endurecidos en los hornos excavados en la misma tierra.

No cabe duda de que la cocina neolítica, como hoy en día ocurre entre los fogones de los cocineros de fama mundial, fue un auténtico laboratorio, donde la mujer experimentó con los cereales, la leche, las legumbres, la cerveza, la sangre, el aceite, probó la utilidad de determinadas formas de los recipientes, y comprobó los nuevos métodos de conservación de alimentos.

En los cuencos de barro podía dejar los cereales y las legumbres a remojo durante horas, gracias a lo cual se cocían con mayor facilidad. El cereal cocinado es más sabroso y facilita la digestión al liberar los carbohidratos de los granos. Los hombres podían llevar tortas de maíz a la huerta, para engañar el hambre. Sin saberlo, la mujer producía proteína sabrosa con la mezcla de arroces y legumbres.
Pronto las mujeres descubrieron la posibilidad de hacer papillas espesas que completaban la alimentación de los lactantes. Los niños se dormían más satisfechos, y las madres acortaban la lactancia, sin ser muy conscientes del consiguiente aumento de la fertilidad. Como consecuencia, la distancia entre los nacimientos se acortó, por lo que la población creció de manera considerable durante el Neolítico, favoreciendo así el desarrollo de grandes civilizaciones precisamente donde se encuentra la arcilla, cerca de los ríos, como es el caso de Egipto y Mesopotamia.

Las mujeres pudieron desempeñar un papel fundamental en el conjunto de descubrimientos técnicos en los que se basa la cultura neolítica. Era ella, junto con los hijos y los ancianos que no cazaban, la que se dedicaba a la recolección y por ello conocía mejor que el hombre los ciclos de las plantas, los cereales, los frutos, las hierbas medicinales… Puede que fuera ella la que hizo el primer experimento agrícola de enterrar una semilla para obtener una planta. Pudo ser ella la que recogió un animalillo indefenso para juguete de su hijo y lo alimentó y cuidó, iniciando así la domesticación animal de los herbívoros, agradecidos estos de que los defendieran de los feroces carnívoros. 

Además de ello, en sus pocos ratos libres, cuando dejaba de moler el grano en el molino de mano en una postura que machacaba sus vértebras y sus rótulas, se dedicaba a la fabricación de cestas a base de trenzados, de esterillas para dormir, de cedazos para colar el grano (y eliminar las piedrecillas que rompían dientes), de vestidos de pieles. Seguro que fue ella la que recogió lino del campo, hiló la lana e inició la técnica del tejido. Los vestidos tejidos se podían lavar; incluso se podía tener uno de repuesto, provocando así también un gran cambio en lo que a higiene personal se refiere.

De hecho durante el Neolítico se produjo un aumento del prestigio de la mujer, hasta el punto de que muchos poblados eran matriarcales. Muchos cultos neolíticos, y no tan neolíticos, están relacionados con la fertilidad, con la Diosa-Madre.

¿Pudo ser el Neolítico una revolución provocada por las mujeres?

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En Mesopotamia inventaron el sobre antes que la carta

Viajemos a la antiquísima Mesopotamia. El próspero comerciante Arvand deseaba enviar 50 ovejas y 10 jarras de aceite desde Ur a Lagash. En lugar de viajar él, pretendía enviar a su fiel empleado, Tigr. Para garantizar que la mercancía enviada llegara a su destino, el comerciante quería hacer un recibo donde constara el material y la cantidad que enviaba.

¡Pero no existía la escritura! (aunque él no lo pensó con estas palabras, porque el hombre no tenía ni idea de lo que era eso) ¿Cómo lo podía hacer?

Entonces moldeó una bola de barro, material abundante tanto a orillas del Tigris como del Eufrates, la denominó sobre, e introdujo en ella 50 discos de barro que simbolizaban las ovejas, y 10 conos, que simbolizaban las jarras. Al llegar al destino, el empleado entregaría al comprador la mercancía y el sobre. El comprador rompería el sobre y comprobaría si todo era correcto o no.

Arvand utilizó este ingenioso sistema en varias ocasiones. El problema es que el imperio iba creciendo, y había que pasar por lugares y aduanas. En caso de inspección, el sobre se rompía y ya no había garantías para el comprador de que lo transportado fuera lo que había enviado el vendedor.

A nuestro comerciante se le ocurrió que, antes de meter las piezas de barro en el sobre, podía marcarlas por fuera, en el barro todavía blando, y luego introducirlas. De este modo se podían “leer” las marcas de estas piezas, que dejaban su huella circular o triangular, sin necesidad de romper el sobre. Y así lo hizo en varias transacciones, con tanto éxito que empezó a ser imitado por otros comerciantes. 

Imagen sacada de “Peoples and Places of the Past”: The National Geographic Illustrated Cultural Atlas of the Ancient World (Hardcover)

En una hermosa noche estrellada, tuvo una iluminación. ¿Para qué hacer una bola hueca? Realmente, imprimiendo las marcas en una tablilla plana de barro, el comprador entendía lo que se le mandaba, y él se evitaba hacer las engorrosas piezas, que tanto manchaban las manos.

Fue su mujer, Idigina, muy práctica ella, la que le dijo que cociera la tablilla al calor del fuego para endurecerla. Y su hijo pequeño, Zab, con un fino palo, el que le diseñó un rodillo, cómo no, de barro, con unos dibujos muy bonitos que le servía de sello de la casa y con el que marcaba todas las tablillas que salían de su negocio.

Su hija Diyala, que era muy detallista, le fabricó varios punzones de madera de diferentes grosores. Por un lado del punzón se marcaban puntos y por el otro triángulos o cuñas, dependiendo del ángulo de inclinación con el que se marcara el punzón en el barro; los nuevos signos eran muy estilizados y elegantes. Ni que decir tiene que se convirtió en uno de los comerciantes más ricos de la hermosa ciudad de Ur, pero nunca fue consciente de lo que había provocado con sus ocurrencias: el nacimiento de la escritura cuneiforme y el salto de la humanidad de la Prehistoria a la Historia. Ni más ni menos.
Sus sucesores fueron asociando palabras difíciles, para las que no tenían dibujo, con otras fáciles de representar por su dibujo y que sonaran parecido, hasta inventarse cerca de 2000 signos, quizá demasiados. También regularon la dirección de los trazos, la forma y el orden de signos y líneas.
Entonces, para que no se perdiera tanto esfuerzo, se vio la necesidad de enseñar este complejo sistema de signos, así que nació la escuela, el maestro, los alumnos, los bancos corridos, las tablillas de ejercicios donde se repetían machaconamente los signos, que fueron reduciendo y simplificando, las tablas de multiplicar y los dictados.

Los alumnos muy espabilados se convirtieron en sacerdotes y escribas, clases privilegiadas, intermediarios entre los dioses y los hombres. Para dominar a la población, fomentaron la creencia en los poderes mágicos de la escritura: podían revelar lo oculto, incluso los mensajes de los dioses.
A algunos de los escribas, en sus ratos libres, les entretenía mucho hacer listados de nombres: de estrellas, de pueblos, de regiones, de problemas, de casos, de ríos, pequeñas enciclopedias de barro que, en realidad, constituyeron los primeros registros científicos. Otros, más contemplativos (o vagos) destacaron en la sistemática observación del cielo, naciendo así la astronomía, la cual aportó el concepto de cero a las matemáticas, número sin el cual es imposible reflejar las magnitudes astronómicas. Ahora los astrónomos también podían predecir un eclipse, el futuro, lo que también les daba mucho poder.
Con el tiempo, unos cuantos se dedicaron a recopilar todo tipo de leyes y normas de conducta, naciendo así el Código de Hammurabi (siglo XVIII a.C.), precedente de toda la legislación posterior. El “ojo por ojo” no es hoy el mejor criterio, pero entonces acabó con la idea de venganza y nació el concepto de justicia. Y así podríamos continuar enumerando maravillas y consecuencias provocadas por las ocurrencias del emprendedor Arvand.

Realmente esta historia se desarrolló a lo largo de unos 5000 años: los primeros sobres, considerados preescritura, datan del 8000 a. C., y las primeras tablillas de escritura cuneiforme aparecen sobre el 3000 a. C.

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¿Pero, cuántos romanos había en Roma?

Después de la pregunta vino una carcajada general. Yo pensé, ya está el listillo de turno haciéndose el gracioso; qué necesidad de llamar la atención. Pero el caso es que la pregunta de repente me sorprendió, me abordó, me noqueó. Pues claro, pensé inmediatamente. Resulta que les estoy contando a un puñado de alumnos de 4º de la ESO que los romanos conquistaron la península italiana, vencieron a los cartagineses, dominaron las Galias, invadieron Britania, ocuparon Hispania… La pregunta no era, pues, tan tonta. ¿Había tantos romanos en Roma?

Después de unos segundos de desconcierto, me puse a explicar el derecho de ciudadanía, y cómo poco a poco un pueblo emprendedor, para lo bueno y para lo malo, se acaba convirtiendo en un imperio, y todos sus territorios están, más o menos, en pie de igualdad y todas esas cosas. Creo que la respuesta no le interesó mucho, pero creo que le dejó más tranquilo (el chaval debía estar pensando en una reproducción romana desmedida y sin precedentes). A ese tipo de preguntas o intervenciones de los alumnos, yo les llamo “el asalto de la historia”; es algo que te sorprende, te aborda, algo que necesitas entender ya mismo.

Muchos años después, una pregunta casi tan tonta o inocente como esa me asaltó de improviso y tuve un poco la misma sensación de sorpresa, de que algo se me escapaba, de que necesitaba entender lo que estaba oyendo.

La pregunta que se me formó en la cabeza fue ¿Y qué demonios pinta aquí una calzada romana? ¿Y restos de caligas? ¿Con tachuelas?

Era un día desapacible del mes de noviembre. Un recorrido en autobús de media hora, y nos soltaron en pleno bosque de robles. A los alumnos les daba igual que lloviera o cayeran chuzos de punta, con tal de no estar en clase.

El guía comenzó a explicarse desde el principio. Estábamos en una calzada romana, pero no de las que se estudian en los libros, sino en una de monte, agreste, hecha a base de cortar la piedra de los lados e hincarla sobre el camino. Cuando caminábamos sobre las lajas me preguntaba ¿Pero esto lo hicieron los auténticos romanos? ¿Para qué, si es un camino de monte? ¿Y a dónde iban? ¿Para luchar contra quién? ¿Tanto esfuerzo para abrirse camino unos cientos de metros? La Ventana del Diablo, un corte en la roca como el marco de un cuadro, nos dejó maravillados: a nuestros pies se abría un valle, y más allá, las montañas, los bosques, las nubes, un paisaje infinito e impresionante.

La lluvia y el granizo nos golpeaban la cara y nos empapaban el pelo y la ropa. Algunos llevábamos un chubasquero improvisado con bolsas grandes de basura, pues los paraguas ya no servían de nada.

El guía señalaba ahora hacia lo alto de un monte. ¿Veis los restos del derrumbe del muro? Allí estaba el castro; era enorme. Un poco más abajo, en la zona que se ve más verde, era donde guardaban el ganado, unas pocas vacas y los caballos. Esas rocas son los restos del tremendo asedio.

Yo no daba crédito. ¿Este hombre nos está hablando de hace veinte siglos como si lo estuviera viviendo ahora? Un rayo de sol iluminaba ahora la zona señalada por nuestro guía. Era tanta su pasión a la hora de explicar, que nos acabamos imaginando a los cántabros correteando por los montes a lomos de los asturcones.

Después nos adentramos en uno de los bosques más misteriosos y mágicos: el bosque de hayas. Se veía alguna huella de corzo en la tierra empapada, mientras el musgo dejaba escurrir el agua que ya no podía absorber. Nuestro guía señaló la curva del camino donde los carros romanos debían maniobrar con dificultad, la fuente que daba vida al arroyo, el lugar donde se encontró una espada romana, los restos de bellotas con las que los cántabros hacían su pan.

Parecía un sueño. En mi cabeza se agolpaban imágenes como en una película. Me sentía transportada a otro tiempo, y a la vez quería saber más, mucho más de aquello que solo eran unas pinceladas.

Así me asaltó la historia. A partir de ese momento, empecé a leer cosas sobre las calzadas, los romanos, los ejércitos, los campamentos, las emboscadas cántabras, solo que, en lugar de ver solo letras, como cuando estudias un texto y te lo aprendes porque no te queda otro remedio, yo veía imágenes, largas filas de soldados caminando a la vera del río Astura, hombres levantando empalizadas, cavando fosos, mientras los agrestes cántabros preparaban la resistencia con sus propias manos y su desesperación.

Después de varios meses de vivir imaginando, decidí poner en palabras ordenadas lo que tenía en mi cabeza, pues era la única forma de quitarme la obsesión.

Ese nuevo proceso fue más complicado. ¿Cómo contar lo que se ve y se siente sin que se pierda lo que ves y lo que sientes? Pero había que intentarlo. Conseguí finalizar mi historia y acabar con mi obsesión, aunque mi imaginación sigue volando por aquellos montes de Vadinia.

No tengo ni idea de cuál es el proceso creativo para escribir un libro, una novela, una poesía. Pero lo que es seguro es que se siente una necesidad imperiosa de contar. ¿Será lo primero y último que escriba? Quizá.

Gracias a Luarna por darme la oportunidad de compartir esta pequeña historia, que en los libros de texto sólo ocupa una línea y media.

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