| Con motivo de la celebración del Día mundial del Alzheimer, la asociación AFEX convocó un concurso de relatos. Este mío obtuvo el segundo premio. Está dedicado a mi abuela Sofía, enferma de Alzheimer en los últimos años de su vida.
Mi abuela Sofía
Vamos, Sofía. Ha venido a verte tu hija.
No sé quien es esta chica tan simpática que me llama por mi nombre pero anda despistadísima. Yo no tengo hijos. Ni hijas. Pero la veo tan convencida que me da no sé qué decirle que está confundida. Es cariñosa, me coge de la mano para sacarme al jardín. Qué bonitas están esas flores, debe ser primavera. Mmm. No me acuerdo cómo se llaman; bueno, da igual. Es cierto que hay una mujer esperándome, y ha venido con un niño. Me dan dos besos. Qué majos.
El chaval es gracioso, me recuerda a un alumno muy pillo que tuve cuando era maestra. Qué tiempos aquellos. Lo que más me gustaba era borrar el encerado al acabar la jornada cuando los chicos se habían marchado. Me daba tranquilidad, era como un ritual de despedida hasta el día siguiente. Ahora me pasa igual en la cabeza, parece que alguien me hubiera pasado un cepillo por el cerebro y hubiera tachado algunos tramos. No puedo recordar qué se guardaba en esas franjas porque han quedado en blanco. Bueno, en blanco no, vacíos; en esas bandas ni siquiera existe el color blanco y lo malo es que cada vez son más anchas.
Me dicen que me siente junto a ellos y me traen un refresco de naranja cuando lo pido. Doy las gracias y obedezco por cortesía pero no puedo quedarme mucho, tengo la casa manga por hombro, debo arreglarla antes de que Pepe llegue del trabajo.
Pepe fue a la guerra y no volvió. Malditas sea esa guerra que se llevó a nuestros hombres y nos dejó solas, sobreviviendo malamente. Menos mal que ha regresado hace poco. Tengo que arreglarme, vamos a salir esta noche. Me disculpo ante los visitantes y me levanto.
—¿Dónde vas, mamá?
—A fregar los platos.
—Mamá, estás en la residencia.
—Pero los cacharros de la comida aún están sin lavar.
—Siéntate, anda. ¿Quieres algo?
—Un refresco de naranja.
Me siento, aguardaré un poco más. Esta mujer resulta algo pesada con su cháchara que no entiendo, me dice que acabo de tomar una naranjada, qué bobada, menos mal que, aunque a regañadientes, me trae otra. Jeje, el niño es un diablillo, su madre ha tenido que salir tras él porque ha tirado una maceta de una patada. Me gusta este crío, qué curioso, tiene los mismos ojos azules y un poco rasgados de Pepe, le pido a ella que no le regañe. La encuentro un poco nerviosa y no es bueno para la salud, debería tomarse la vida con más calma. Le cojo una mano y le pido que se tranquilice; le pregunto cómo se llama.
—Sofía, mamá. Como tú.
Pues me alegra que tenga un nombre tan bonito. Tuvo gusto su madre en ponérselo. Me dice que su hermano no ha podido venir a verme porque tiene problemas con su esposa, pero que no me olvida. Lo comprendo, le respondo para que me deje ir mientras me levanto de nuevo y me despido. Va a llegar mi marido y me va a encontrar de cháchara con una desconocida. Pepe es muy suyo y lo mismo se enfada si está la casa sin barrer. Además, tengo que preparar la cena.
—Mamá, espera un poco. Vamos a dar un paseo.
Le pregunto si sabe el camino a mi casa, me he debido alejar mucho y no la veo. Me mira muy seria y me abraza, cuando consigo soltarme de sus brazos tiene los ojos llenos de lágrimas. Pobrecita, se ve que sufre. Me pregunta si estoy bien, si necesito algo.
—¿Me puedes comprar una naranjada? He salido de casa sin el monedero.
No me hace caso pero yo he hablado bien claro. Se lo repito otra vez por si acaso. Nada, sigue sin comprender y me ignora; si es por el dinero, puede estar tranquila, le aseguro que se lo devolveré, siempre he sido persona de fiar.
El niño trota a nuestro alrededor mientras ella habla de su infancia, comenta que fue muy feliz de niña pero ahora su madre está enferma y ella triste. Mira que lo siento. Son cosas de la edad y hay que aceptarlas. Menos mal que yo me encuentro bien. Claro que aún soy joven, nací en 1938. De repente me da un vuelco al corazón. Ahora sí que me voy, debe ser tardísimo. Giro rápidamente y echo a caminar por el paseo. Tengo buenas piernas y corro como un galgo. Me asusta el grito de la joven que se empeña en perseguirme pero yo soy más rápida y ella leva tacones; es el niño el primero que me alcanza y se sitúa parejo a mí. Los dos marchamos a toda velocidad y nos reímos. Qué chaval más majete.
—Mamá, estás imposible.
—¿Me compra una Fanta, señorita? Tengo mucha sed.
Aparece por la vereda otra joven vestida de blanco acalorada. Se ve que hoy todos tenemos prisa. Me dicen que espere pero ¡me angustia tanto no encontrar mi casa! Menos mal que la recién llegada asegura conocer el camino de vuelta. Le pido una naranjada.
Tengo que estar en casa antes que Pepe. Y en cuanto llegue me tomo un refresco. |