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Aprendiz de Micólogo

Relato ganador del II Certamen de Mico micro relatos “San Jorge”

Tanto lloraba que no era posible entenderla. Se había levantado la primera y fue sin duda la estrella de la jornada micológica. Entusiasmada gritaba “Pleorotus Eryngii” cuando encontraba una seta de cardo o “Boletus Edulis” si metía en su cesto una del tipo calabaza, y los mayores reían alabando su memoria y añorando la capacidad de aprendizaje que tenían en su infancia.
De regreso a la cabaña esparció todo su inventario por el suelo y revisó detenidamente las setas. Nadie supo interpretar su sofoco. Sólo el pequeño Andrés de tres años comprendió su desdicha.
—¿No están los enanitos?

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La Realidad del Día Siguiente

Otra lectura para un cuento clásico

Tengo los pies deshechos, una caja de tiritas he gastado intentando recomponerlos. Mucho me temo que pasaré más de un mes utilizando alpargatas y andando a la pata coja.

            ¿De dónde sacaste esa idea? Y que conste que reconozco tu ayuda. Me proporcionaste un vestido espectacular y un peinado muy logrado; mi look en conjunto resultaba francamente aparente y gracias a él fui la reina de la fiesta. Y te lo agradezco infinito porque para una vez que salía de farras, quería triunfar. Pasar los días fregando y dando de comer a las gallinas es deprimente, no me realiza, por mucho que los pájaros me acompañen trinando cuando canto para olvidar las penas. 

            Acepté sin rechistar  la limitación de tiempo, que aun no entiendo a cuanto de qué vino, me cortó el plan en el mejor momento. Pero los zapatos… ¿Cómo se te ocurrió? ¿Tienes una idea, querida hada madrina, de la tortura que supuso bailar toda la noche con los pies embutidos en unos zancos de cristal?

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El Profesor

            Te había espiado tanto en los últimos meses que me sentía un fisgón pero no podía evitarlo. “Vivo en un piso pequeño, muy cerca de aquí”, oí que comentabas a unos compañeros en la cafetería, “la decoración es minimalista, tipo japonés”. No me resultó difícil localizar tu dirección y tome la costumbre de seguirte cada día en la distancia hasta que entrabas en el portal. Después regresaba imaginándote allí sentada en tu mesa de dibujo e iluminada por una lámpara satinada. Formabas una composición tan perfecta que decidí plasmarla con carboncillo.

            Aquel domingo supe que estabas en casa por la luz de tu ventana. Era un momento ideal para acercarme a ti y contaba con la disculpa de entregarte el guante que olvidaste en el aula de diseño; después te entregaría mi bosquejo y te observaría en silencio. Tú no podías intuir que me fijé en ti desde que me presentaste tu primer diseño. Aquel trabajo no era gran cosa comparado con el mohín risueño que colgabas de tu cara y si decidí puntuarlo alto fue porque imaginé que una buena nota te haría sonreír de nuevo. Y yo necesitaba verte así.

            Dirigí todos mis actos hacia un único objetivo: hacer mío tu gesto. Esa idea se convirtió en una obsesión. Y la solución no era sencilla porque nos separaba un muro transparente pero impenetrable como el hormigón armado: veinte años. Sin embargo, había llegado el momento de actuar y caminé decidido calle abajo hacia tu casa. Me detuve ante tu edificio y paseé la mirada por la fachada hasta que una sombra borró la brizna de felicidad que sentía por verte fuera de la escuela. Por ella supe que no estabas sola.

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Invitación Inesperada

Micro en tono jocoso.

Invitación Inesperada

Le miro de nuevo y me tropiezo con una sonrisa pícara. Vaya. Yo que estaba derrochando encanto para atraer la atención de su novio y es ella quien me devuelve el cumplido. Se lleva el vaso a los labios, los humedece a conciencia y levanta el cristal hacia mí en un brindis ceremonial mientras su chico permanece indiferente. Mmm… Es ciertamente guapo. Fijo los ojos en mi cerveza para disimular el embarazo; ella insiste y me muestra una dentadura perfecta en lo que sobrepasa con mucho un guiño de compromiso. Con un gesto me invita a salir del bar. Uff.

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Mi abuela Sofía

Con motivo de la celebración del Día mundial del Alzheimer, la asociación AFEX convocó un concurso de relatos. Este mío obtuvo el segundo premio. Está dedicado a mi abuela Sofía, enferma de Alzheimer en los últimos años de su vida.

Mi abuela Sofía

Vamos, Sofía. Ha venido a verte tu hija.

No sé quien es esta chica tan simpática que me llama por mi nombre pero anda despistadísima. Yo no tengo hijos. Ni hijas. Pero la veo tan convencida que me da no sé qué decirle que está confundida. Es cariñosa, me coge de la mano para sacarme al jardín. Qué bonitas están esas flores, debe ser primavera. Mmm. No me acuerdo cómo se llaman; bueno, da igual. Es cierto que hay una mujer esperándome, y ha venido con un niño. Me dan dos besos. Qué majos.

El chaval es gracioso, me recuerda a un alumno muy pillo que tuve cuando era maestra. Qué tiempos aquellos. Lo que más me gustaba era borrar el encerado al acabar la jornada cuando los chicos se habían marchado. Me daba tranquilidad, era como un ritual de despedida hasta el día siguiente. Ahora me pasa igual en la cabeza, parece que alguien me hubiera pasado un cepillo por el cerebro y hubiera tachado algunos tramos. No puedo recordar qué se guardaba en esas franjas porque han quedado en blanco.  Bueno, en blanco no, vacíos; en esas bandas ni siquiera existe el color blanco y lo malo es que cada vez son más anchas.

Me dicen que me siente junto a ellos y me traen un refresco de naranja cuando lo pido. Doy las gracias y obedezco por cortesía pero no puedo quedarme mucho, tengo la casa manga por hombro, debo arreglarla antes de que Pepe llegue del trabajo.

Pepe fue a la guerra y no volvió. Malditas sea esa guerra que se llevó a nuestros hombres y nos dejó solas, sobreviviendo malamente. Menos mal que ha regresado hace poco. Tengo que arreglarme, vamos a salir esta noche. Me disculpo ante  los visitantes y me levanto.

—¿Dónde vas, mamá?

—A fregar los platos.

—Mamá, estás en la residencia.

—Pero los cacharros de la comida aún están sin lavar.

—Siéntate, anda. ¿Quieres algo?

—Un refresco de naranja.

Me siento, aguardaré un poco más. Esta mujer resulta algo pesada con su cháchara que no entiendo, me dice que acabo de tomar una naranjada, qué bobada, menos mal que, aunque a regañadientes, me trae otra. Jeje, el niño es un diablillo, su madre ha tenido que salir tras él porque ha tirado una maceta de una patada. Me gusta este crío, qué curioso, tiene los mismos ojos azules y un poco rasgados de Pepe, le pido a ella que no le regañe. La encuentro un poco nerviosa y no es bueno para la salud, debería tomarse la vida con más calma. Le cojo una mano y le pido que se tranquilice; le pregunto cómo se llama.

—Sofía, mamá. Como tú.

Pues me alegra que tenga un nombre tan bonito. Tuvo gusto su madre en ponérselo. Me dice que su hermano no ha podido venir a verme porque tiene problemas con su esposa, pero que no me olvida. Lo comprendo, le respondo para que me deje ir mientras me levanto de nuevo y me despido. Va a llegar mi marido y me va a encontrar de cháchara con una desconocida. Pepe es muy suyo y lo mismo se enfada si está la casa sin barrer. Además, tengo que preparar la cena.

—Mamá, espera un poco. Vamos a dar un paseo.

Le pregunto si sabe el camino a mi casa, me he debido alejar mucho y no la veo. Me mira muy seria y me abraza, cuando consigo soltarme de sus brazos tiene los ojos llenos de lágrimas. Pobrecita, se ve que sufre. Me pregunta si estoy bien, si necesito algo.

—¿Me puedes comprar una naranjada? He salido de casa sin el monedero.

No me hace caso pero yo he hablado bien claro. Se lo repito otra vez por si acaso. Nada, sigue sin comprender y me ignora; si es por el dinero, puede estar tranquila, le aseguro que se lo devolveré, siempre he sido persona de fiar.

El niño trota a nuestro alrededor mientras ella habla de su infancia, comenta que fue muy feliz de niña pero ahora su madre está enferma y ella triste. Mira que lo siento. Son cosas de la edad y hay que aceptarlas. Menos mal que yo me encuentro bien. Claro que aún soy joven, nací en 1938. De repente me da un vuelco al corazón. Ahora sí que me voy, debe ser tardísimo. Giro rápidamente y echo a caminar por el paseo. Tengo buenas piernas y corro como un galgo. Me asusta el grito de la joven que se empeña en perseguirme pero yo soy más rápida y ella leva tacones; es el niño el primero que me alcanza y se sitúa parejo a mí. Los dos marchamos a toda velocidad y nos reímos. Qué chaval más majete.

—Mamá, estás imposible.

—¿Me compra una Fanta, señorita? Tengo mucha sed.

Aparece por la vereda otra joven vestida de blanco acalorada. Se ve que hoy todos tenemos prisa. Me dicen que espere pero ¡me angustia tanto no encontrar mi casa! Menos mal que la recién llegada asegura conocer el camino de vuelta. Le pido una naranjada.

Tengo que estar en casa antes que Pepe. Y en cuanto llegue me tomo un refresco.

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Lo que significan las nubes

Estoy especialmente contenta con este micro. Ha resultado finalista en el I concurso de Microrelatos ACEN, la Asociación Cultural de Escritores Noveles. Han participado más de mil textos y 10 llegamos a la final. No gane, pero casi.

Mira ese árbol, mamá. No, eso es un violín. Digo el del tronco torcido, sí, justo a la derecha del camaleón gigante. Fíjate. ¿Ves el nido de la copa? ¿Y el polluelo dentro? No, mami, no son nubes. Escucha atenta, te pía a ti.

Te pide que sonrías más.

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El Origen

Éste es el relato ganador del VI concurso Basketconfidencial, organizado por la ACB. El tema era el baloncesto, claro.

El Origen

Adán se aburría como un hongo en el Paraíso. Sin nada que hacer, los días resultaban eternos, alrededor todo era perfección y armonía, y ni siquiera necesitaba ocuparse de la educación de los niños pues sabían de forma innata todo lo preciso. Añoraba un hogar ávido de reparaciones. Amante del bricolaje como era, nada hubiera deseado más que una gotera  en el techo o un kit para construir un armario empotrado

Miró con desidia el cedro que se alzaba ante él y descubrió un enorme nido vacío. Una idea brilló en su cabeza. Sin perder tiempo trepó a sus ramas, lo apuntaló y agujereó el fondo. Ya en el suelo, comenzó a lanzar sobre él los cocos que crecían por doquier en aquella tierra fértil.

El firmamento crujió y se abrió en dos.

- Adan, ¿Qué haces?

Ni idea. Tendría que inventar un nombre.

- Encestar, Señor.

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El Pebetero de Azófar

Este relato fue finalista en el VIII Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico de Córdoba.

El Pebetero de Azófar

La noticia del suicidio de la joven Bashira corrió por el zoco como viento de enero traspasando zaguanes. Los vendedores paraban de despachar para atender a los detalles del suceso y las mujeres se arremolinaban en las esquinas clamando clemencia por su alma. El cadáver había aparecido al amanecer enredado entre los juncos del río, los cuervos habían comido sus ojos y los peces mordisquearon su rostro desfigurándolo pero se mantenía vestida, sus ropas y el aro de cobre que le adornaba el tobillo delataron su identidad; no había duda, era ella.

Se trataba de la más joven de las esclavas de Abuagela, el acaudalado mercader conocido en la ciudad con el apodo de “el zorro” por su astucia para los negocios. Bhasira se encargaba del cuidado de su hijo Karim, el menor de su tercera esposa. Era aún una niña apenas seis años mayor que el pequeño pero era aplicada en su tarea y jamás descuidó su vigilancia. Y es que los dos jugaban juntos todo el día, a las escapadas, a los lanzamientos, a las escondidas; Karin la adoraba, siempre andaba enredado entre sus piernas. Su buen hacer y su carácter dócil la convirtieron en una de las sirvientas más queridas de la casa.

La ausencia de Bashira del hogar levantó la alarma en el vecindario. Se especuló con la idea de que la moza se hubiera perdido en los arrabales de la ciudad o hubiera huido por amor, incluso se habló de un rapto. Cualquier propuesta parecía más razonable que aceptar que tuviera motivos para saltar desde el puente a las aguas del río buscando voluntariamente la muerte.

El día de la desaparición, la gran casa de la colina hervía de agitación. Abuagela cumpliría en breve cuarenta años y deseaba celebrar el evento con gran pompa. Se expendieron invitaciones a los principales de la provincia y se eligieron cuidadosamente los artistas más afamados para amenizar el día. Músicos, malabaristas, danzarinas y poetas pasaron ante los ojos del dueño que sólo dio el visto bueno a los mejores, a aquéllos que consiguieron con su arte agradar el refinado gusto del anfitrión. Se engalanó la casa con guirnaldas y macetas, con farolillos y cintas doradas, y, por supuesto, se perfumó con las mejores esencias. Se dispusieron cojines para el acomodo de los invitados masculinos y se depositaron ramos de rosas tras la celosía para aromatizar la estancia desde la que las mujeres presenciarían los espectáculos.

El personal en la casa bullía de un lado para otro en sus quehaceres, la cocina horneaba pasteles sin cesar y los calderos bullían preparando caldos y cremas. Andaban tan atareados que se precisaban todas las manos, incluidas las de aquéllos cuyas ocupaciones se alejaban de la simple servidumbre. Por esa razón, a Bashira le encargaron preparar los esencieros a la par que vigilaba al niño.

Entre sus manos tenía la pieza más preciada de la madre de Karim, un pebetero de azófar regalo de su esposo por el nacimiento de su primer vástago varón. Se trataba de un hornillo hermosísimo decorado con arcos que en su interior guardaban los más diversos animales y cuya tapadera parecía un encaje bordado de fina que resultaba, una obra bordada con pájaros y motivos vegetales. La dueña quería situarlo en un lugar preferente para que los invitados ensalzasen su calidad, estaba orgullosa de que le perteneciera. La joven lo bruñía con esmero mientras Karim la miraba de reojo, estaba envidioso porque abrillantaba el braserillo de forma exagerada privándole de la dedicación que le debía. Y en un descuido de ella, el niño lo enterró en el jardín. Fue una acción inocente con la que pretendía acaparar su atención.

Para Karim sólo fue un juego más; para ella su pena de muerte. Incapaz de entender qué había ocurrido, Bashira lo buscó primero de forma ordenada recorriendo los lugares en que se había paseado con el incensario en las manos, después donde no estuvo y finalmente en lugares imposibles. Acalorada ante la urgencia que le exigían las otras amas, Bashira cayó derrotada en el alfeizar de la ventana y lloró impotente ante la sonrisa triunfante de Karin que, ajeno a su angustia, no descubrió el secreto. Él era el vencedor.

El tiempo de dar cuenta del pebetero se agotaba pero no tenía fuerzas de notificar la pérdida a su dueña. No podría en esta ocasión hacer honor al significado de su nombre “la portadora de buenas nuevas”, temía el castigo, los azotes, y ser relegada de su cargo. Cuando oyó que su ama la llamaba en tono impaciente no lo pensó dos veces y sigilosa se escabulló por la puerta trasera, la más próxima al río.

Aquel precioso pebetero no funcionó en la fiesta de Abuagela, ni lo volvió a hacer nunca. Tuvieron que pasar siglos para que se colocara en el lugar privilegiado que le correspondía y recibiera los elogios de los visitantes.

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El Vestido Rojo

Este micro fue el Ganador del II Premio ALCER “Un regalo a la vida” en la categoría de microrelatos.

El vestido rojo.

Había suspirado por un vestido de tirantes rojos muchas veces. Era un deseo absurdo porque jamás vestía prendas sin mangas, aborrecía sus brazos, deseaba esconder las venas engrosadas que revelaban la esclavitud a la que le sometía el equipo de diálisis. Y sin embargo, durante cada sesión se imaginaba girando como una peonza entre volantes color carmín.

Fue lo primero que vio al despertar de la anestesia. Ante la cama, como broche final de una etapa acabada, el traje se suspendía ante ella colgado de una percha. “Es un regalo”, escuchó aún adormecida. Habían sido años esperando el donante adecuado. Ahora lo luciría orgullosa en honor a su salvador y a ella misma, descubriendo sus abultadas venas al mundo como símbolo de victoria.

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Los Dos Solos

Este texto fue ganador en el Primer Concurso Internacional de Microrrelatos organizado por la Latin Heritage Foundation en mayo de 2011.

Apenas despegamos los labios durante el trayecto. Habíamos mantenido los ojos fijos en el asfalto, cada uno sumido en su propio tumulto interior, convirtiendo el ritmo de Springsteen elegido por la emisora de radio en nuestra banda sonora particular. Le miré de soslayo cuando cambié de marcha. Llevaba varios días sin afeitar y con la barba incipiente parecía mayor. Quise ver en ese gesto suyo un intento de agradarme, de igualar nuestras edades.

—¿Todo Bien?

—Todo bien.

Nuestro equipaje no era ligero. Los dos cargábamos con mochilas repletas de pesados compromisos. Sabíamos lo mucho que podíamos perder y la dudosa recompensa que recibiríamos a cambio. Hubiera sido muy fácil dar un volantazo y dejarlo estar, regresar a nuestro hábitat natural. Pero yo no giré ni él me lo pidió. Su respiración profunda me incitaba a pisar a fondo el acelerador. Nos lo debíamos; ambos lo deseábamos.

La habitación del hotel se me antojó fría. Me senté en la cama y deslicé inconscientemente la mano sobre la colcha una y otra vez. No recordaba cómo comenzó todo pero el final de aquella historia, la nuestra, era previsible.

—¿Estás seguro?

Su ademán afirmando fue tan leve que apenas lo distinguí. Aún estábamos a tiempo de salir de allí, de recoger las maletas y dar un portazo, de que no ocurriera. Pero no queríamos marcharnos, necesitábamos continuar para sentirnos vivos cada uno de los días que nos quedaban por existir.

—Sin acritud.

—Sin remordimientos.

—Sin penas.

—Sin glorias.

—Sin rendir cuentas.

—Sin pedir explicaciones.

—Sin rencor.

—Sin miedo.

—Sin prórrogas.

—…

No sabíamos qué tregua nos darían nuestras bolsas de viaje, seguramente no nos concederían demasiado tiempo y pronto llamarían impertinentes a la puerta.

No me permitió apagar la luz. Era lo acordado.

—Sin vergüenza…

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