El abate que nos ocupa vivió en pleno siglo XV, y, a pesar de su pobreza de origen, realizó muy buenos estudios, primero en Tréveris y luego en Heidelberg. A los 18 años, junto a 3 amigos, constituye la “Sociedad Literaria Renana”, de corte humanista y muy interesada en los pitagóricos y en su teoría de los números, que llegó a contar con miembros de importancia en su época, como Conrado Meissel (hermetista) y el cabalista Pablo Ricci.
A principios de 1482, Johannes de Dalberg, uno de los 3 fundadores de la sociedad, le anima a visitar a sus familiares en Trittenheim, de donde era originario. En el camino, pernocta en el monasterio de Spanheim con intención de proseguir tan pronto como la nieve y el invierno lo permitan. Se quedará allí 23 años. Sus dotes e inteligencia son tan brillantes, que –un año más tarde- es nombrado Abad del monasterio y confirmado por el obispo, que se reúne con él siempre que puede para extrañas consultas de las que dice salir “renovado e iluminado en el Señor”, que parece hablar por boca de Tritemo. A todo esto, Johannes tiene solo 21 años…
Sus reformas no pasan por alto. Fomenta el estudio y la experimentación (“en nombre de Aquel, buscamos sus leyes. La naturaleza es la voz de Dios”). Pronto, sus esfuerzos son reconocidos y alentados por sus superiores. Incita a los monjes a la recuperación y copia de manuscritos y obras; la biblioteca pasa de 40 ejemplares a su llegada a más de 2000 algunos años más tarde.
Hay obras bellísimas, con iniciales rubricadas e ilustraciones de gran riqueza. Mientras tanto, sigue sus investigaciones. Durante muchos años solo escribe obras “pías”: Exhortaciones a la Virgen, Elogios de los hermanos de la Orden del Carmen, libros sobre teología, sobre Santa Ana… lo que se esperaba de él. Pero todos sabían de su laboratorio. Y casi nadie tenía acceso a el. Pasaba largas horas –incluso de la noche- embebido en sus trabajos, para comentar simplemente que “estudiaba los misterios que Dios ha puesto a nuestro alcance”.
A finales de siglo, el mundo culto de la época se da por conocedor de la última obra del Abad: la Esteganografía (del griego steganos: oculto) quien la ha mostrado a “las mentes estudiosas y nobles que lo han visitado”. La obra no se publica, y parece que trata de “cómo ocultar lo escrito y otras maravillas para influenciar a distancia”. De hecho, muchos de los autores interesados en la criptografía, como Juan Bautista della Porta (“De furtivis litterarum notis”), Blaise de Vigenère (Tratado de las cifras), y, sobre todo, el genial Girolamo Cardano, en “De la sutileza”, dedican páginas a estos temas y reconocen haberse inspirado en lo escrito por Tritemo.
Pero, quiso el diablo que una de sus cartas, donde explica los avances de sus experimentos, fuera dirigida a un tal Arnould Boustius, de Gante. Cuando llegó, Bostius acababa de morir. Se abrió la carta… y empezaron las sospechas.
En la carta, Tritemo explica el contenido de su obra, que consta de 4 libros. En dos de ellos se habla de criptografía (nada que no se conozca y se haya superado hoy en día), pero, en los otros dos, insiste en que ha descubierto y demostrado a varios que comprenden su ciencia, una forma de “imponer mi voluntad a aquel que sea mi binario (su receptor), o transmitirle cualquier mensaje por lejos que esté y sin que pueda sospecharse que he empleado signos, figuras o caracteres cualesquiera” (obviamente, se refiere a signos diabólicos o relacionados con la Magia). Y concluye: “también encontraréis en ella docenas de secretos de los que no puedo hablar actualmente”.
Pero la carta había sido copiada por varios monjes y comenzó a circular por toda Europa. De nada le sirvieron sus explicaciones e –incluso- sus exhortaciones en contra de los magos, “astrólogos y otros augures que solo quieren malograr el alma divina”. Su fama se había dañado irreparablemente, y el destino de su obra, también. Su segunda obra más celebrada, la “Poligrafía”, se publicó dos años después de su muerte, y es –básicamente- una obra de Criptografía que serviría de inspiración a muchos de sus seguidores.
Más de 100 años después de su fallecimiento aparece una Esteganografía que contiene solo 3 de las 4 partes de que constaba la obra original. Las dos primeras, sobre cifrado (prácticamente lo mismo que puede leerse en la Poligrafía) y la tercera, probablemente apócrifa. Se cuenta que el manuscrito original fue quemado por el conde palatino Federico II, quien habiéndola encontrado en la biblioteca de su padre consideró prudente separarse de ella “por temor de su salvación”. Por lo demás, la obra figuró en el Índice Prohibido del Santo Oficio, de donde no fue retirada hasta 1930. Nunca se sabrá lo que contenía ese cuarto capítulo.